
El que no ha madrugado consecuentemente no sabe lo que es tener sueño todo el día. Ir al trabajo con sueño, volver con sueño, soñar con dormir mientras se duerme. De todos modos, también se ha dicho que el que no trabajó en una fábrica no sabe qué es trabajar en serio. Y menos que menos, dicen, si todo lo que hace es subirse a un escenario a cantar canciones. Pero los artistas…
Haciendo un rápido conteo, las letras de canciones sobre los trabajadores oscilan entre la decepción y la descripción de la miseria cotidiana. Como una notable excepción, Dos Minutos levantaba en pleno apogeo menemista su homenaje a Valentín Alsina, “barrio obrero”, en un himno de orgullo barrial que reconocía la fisonomía particular del enclave conurbano, pero sin agotarse en la celebración de la pertenencia al paisaje del sur. Todo el disco (“Valentín Alsina”, 1994) está recorrido por la denuncia –muchas veces cándida, otras veces menos-, por el enojo, por la incertidumbre que trae en todos los ámbitos la celebración de la fiesta neoliberal. Las letras actualizan la frase de Trotsky que dice: “la clase se expresa a través del individuo”. (Si bien, como dicen Marx y Engels en La ideología alemana, siempre hay que distinguir entre lo que se dice de sí mismo, lo que alguien se figura ser y lo que realmente es).
(...)
Prendo la radio y lo único que escucho, fábricas cerradas, obreros sin empleo.
Yo no sé por qué está pasando esto, no lo sé.
Prendo la tele y lo único que veo a los jubilados peleando sus derechos.
(Dos Minutos, "Novedades")
(…)
me pregunto si tal vez
ellos han pensado hoy
en mis brazos ya cansados
de entregarles plusvalor...
esta sombra, sé que es
la angustia y la sinrazón
de estos tristes días
sometido a las grises y frías cadenas...
sintiendo cada atropello y cada mal
como una daga abriendo mi corazón
durante años entregando mis esfuerzos
y ni siquiera sé cuál es mi rumbo...
pero aquí voy
aquí voy, hoy...
(Eterna Inocencia, "Cuando pasan las madrugadas")