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lunes, 1 de noviembre de 2010

el cuerpo utópico



conferencia de Michel Foucault *

Apenas abro los ojos, ya no puedo escapar a ese lugar que Proust, dulcemente, ansiosamente, viene a ocupar una vez más en cada despertar1. No es que me clave en el lugar –porque después de todo puedo no sólo moverme y removerme, sino que puedo moverlo a él, removerlo, cambiarlo de lugar–, sino que hay un problema: no puedo desplazarme sin él; no puedo dejarlo allí donde está para irme yo a otra parte. Puedo ir hasta el fin del mundo, puedo esconderme, de mañana, bajo mis mantas, hacerme tan pequeño como pueda, puedo dejarme fundir al sol sobre la playa, pero siempre estará allí donde yo estoy. El está aquí, irreparablemente, nunca en otra parte. Mi cuerpo es lo contrario de una utopía, es lo que nunca está bajo otro cielo, es el lugar absoluto, el pequeño fragmento de espacio con el cual, en sentido estricto, yo me corporizo.
Mi cuerpo, topía despiadada. ¿Y si, por fortuna, yo viviera con él en una suerte de familiaridad gastada, como con una sombra, como con esas cosas de todos los días que finalmente he dejado de ver y que la vida pasó a segundo plano, como esas chimeneas, esos techos que se amontonan cada tarde ante mi ventana? Pero todas las mañanas, la misma herida; bajo mis ojos se dibuja la inevitable imagen que impone el espejo: cara delgada, hombros arqueados, mirada miope, ausencia de pelo, nada lindo, en verdad. Y es en esta fea cáscara de mi cabeza, en esta jaula que no me gusta, en la que tendré que mostrarme y pasearme; a través de esta celosía tendré que hablar, mirar, ser mirado; bajo esta piel tendré que reventar. Mi cuerpo es el lugar irremediable al que estoy condenado. Después de todo, creo que es contra él y como para borrarlo por lo que se hicieron nacer todas esas utopías. El prestigio de la utopía, la belleza, la maravilla de la utopía, ¿a qué se deben? La utopía es un lugar fuera de todos los lugares, pero es un lugar donde tendré un cuerpo sin cuerpo, un cuerpo que será bello, límpido, transparente, luminoso, veloz, colosal en su potencia, infinito en su duración, desligado, invisible, protegido, siempre transfigurado; y es bien posible que la utopía primera, aquella que es la más inextirpable en el corazón de los hombres, sea precisamente la utopía de un cuerpo incorpóreo. El país de las hadas, el país de los duendes, de los genios, de los magos, y bien, es el país donde los cuerpos se transportan tan rápido como la luz, es el país donde las heridas se curan con un bálsamo maravilloso en el tiempo de un rayo, es el país donde uno puede caer de una montaña y levantarse vivo, es el país donde se es visible cuando se quiere, invisible cuando se lo desea. Si hay un país mágico es realmente para que en él yo sea un príncipe encantado y todos los lindos lechuguinos se vuelvan peludos y feos como osos.
Pero hay también una utopía que está hecha para borrar los cuerpos. Esa utopía es el país de los muertos, son las grandes ciudades utópicas que nos dejó la civilización egipcia. Después de todo, las momias, ¿qué son? Es la utopía del cuerpo negado y transfigurado. La momia es el gran cuerpo utópico que persiste a través del tiempo. También existieron las máscaras de oro que la civilización micénica ponía sobre las caras de los reyes difuntos: utopía de sus cuerpos gloriosos, poderosos, solares, terror de los ejércitos. Existieron las pinturas y las esculturas de las tumbas; los yacientes, que desde la Edad Media prolongan en la inmovilidad una juventud que ya no tendrá fin. Existen ahora, en nuestros días, esos simples cubos de mármol, cuerpos geometrizados por la piedra, figuras regulares y blancas sobre el gran cuadro negro de los cementerios. Y en esa ciudad de utopía de los muertos, hete aquí que mi cuerpo se vuelve sólido como una cosa, eterno como un dios.
Pero tal vez la más obstinada, la más poderosa de esas utopías por las cuales borramos la triste topología del cuerpo nos la suministra el gran mito del alma, desde el fondo de la historia occidental. El alma funciona en mi cuerpo de una manera muy maravillosa. En él se aloja, por supuesto, pero bien que sabe escaparse de él: se escapa para ver las cosas, a través de las ventanas de mis ojos, se escapa para soñar cuando duermo, para sobrevivir cuando muero. Mi alma es bella, es pura, es blanca; y si mi cuerpo barroso –en todo caso no muy limpio– viene a ensuciarla, seguro que habrá una virtud, seguro que habrá un poder, seguro que habrá mil gestos sagrados que la restablecerán en su pureza primigenia. Mi alma durará largo tiempo, y más que largo tiempo, cuando mi viejo cuerpo vaya a pudrirse. ¡Viva mi alma! Es mi cuerpo luminoso, purificado, virtuoso, ágil, móvil, tibio, fresco; es mi cuerpo liso, castrado, redondeado como una burbuja de jabón.
Y hete aquí que mi cuerpo, por la virtud de todas esas utopías, ha desaparecido. Ha desaparecido como la llama de una vela que alguien sopla. El alma, las tumbas, los genios y las hadas se apropiaron por la fuerza de él, lo hicieron desaparecer en un abrir y cerrar de ojos, soplaron sobre su pesadez, sobre su fealdad, y me lo restituyeron resplandeciente y perpetuo.
Pero mi cuerpo, a decir verdad, no se deja someter con tanta facilidad. Después de todo, él mismo tiene sus recursos propios de lo fantástico; también él posee lugares sin lugar y lugares más profundos, más obstinados todavía que el alma, que la tumba, que el encanto de los magos. Tiene sus bodegas y sus desvanes, tiene sus estadías oscuras, sus playas luminosas. Mi cabeza, por ejemplo, mi cabeza: qué extraña caverna abierta sobre el mundo exterior por dos ventanas, dos aberturas, bien seguro estoy de eso, puesto que las veo en el espejo; y además, puedo cerrar una u otra por separado. Y sin embargo no hay más que una sola de esas aberturas, porque delante de mí no veo más que un solo paisaje, continuo, sin tabiques ni cortes. Y en esa cabeza, ¿cómo ocurren las cosas? Y bien, las cosas vienen a alojarse en ella. Entran allí –y de eso estoy muy seguro, de que las cosas entran en mi cabeza cuando miro, porque el sol, cuando es demasiado fuerte y me deslumbra, va a desgarrar hasta el fondo de mi cerebro–, y sin embargo esas cosas que entran en mi cabeza siguen estando realmente en el exterior, puesto que las veo delante de mí y, para alcanzarlas, a mi vez debo avanzar.
Cuerpo incomprensible, cuerpo penetrable y opaco, cuerpo abierto y cerrado: cuerpo utópico. Cuerpo absolutamente visible, en un sentido: muy bien sé lo que es ser mirado por algún otro de la cabeza a los pies, sé lo que es ser espiado por detrás, vigilado por encima del hombro, sorprendido cuando menos me lo espero, sé lo que es estar desnudo; sin embargo, ese mismo cuerpo que es tan visible, es retirado, es captado por una suerte de invisibilidad de la que jamás puedo separarlo. Ese cráneo, ese detrás de mi cráneo que puedo tantear, allí, con mis dedos, pero jamás ver; esa espalda, que siento apoyada contra el empuje del colchón sobre el diván, cuando estoy acostado, pero que sólo sorprenderé mediante la astucia de un espejo; y qué es ese hombro, cuyos movimientos y posiciones conozco con precisión pero que jamás podré ver sin retorcerme espantosamente. El cuerpo, fantasma que no aparece sino en el espejismo de los espejos y, todavía, de una manera fragmentaria. ¿Acaso realmente necesito a los genios y a las hadas, y a la muerte y al alma, para ser a la vez indisociablemente visible e invisible? Y además ese cuerpo es ligero, es transparente, es imponderable; nada es menos cosa que él: corre, actúa, vive, desea, se deja atravesar sin resistencia por todas mis intenciones. Sí. Pero hasta el día en que siento dolor, en que se profundiza la caverna de mi vientre, en que se bloquean, en que se atascan, en que se llenan de estopa mi pecho y mi garganta. Hasta el día en que se estrella en el fondo de mi boca el dolor de muelas. Entonces, entonces ahí dejo de ser ligero, imponderable, etc.; me vuelvo cosa, arquitectura fantástica y arruinada.
No, realmente, no se necesita sortilegio ni magia, no se necesita un alma ni una muerte para que sea a la vez opaco y transparente, visible e invisible, vida y cosa; para que sea utopía basta que sea un cuerpo. Todas esas utopías por las cuales esquivaba mi cuerpo, simplemente tenían su modelo y su punto primero de aplicación, tenían su lugar de origen en mi propio cuerpo. Estaba muy equivocado hace un rato al decir que las utopías estaban vueltas contra el cuerpo y destinadas a borrarlo: ellas nacieron del propio cuerpo y tal vez luego se volvieron contra él.
En todo caso, una cosa es segura, y es que el cuerpo humano es el actor principal de todas las utopías. Después de todo, una de las más viejas utopías que los hombres se contaron a ellos mismos, ¿no es el sueño de cuerpos inmensos, desmesurados, que devorarían el espacio y dominarían el mundo? Es la vieja utopía de los gigantes, que se encuentra en el corazón de tantas leyendas, en Europa, en Africa, en Oceanía, en Asia; esa vieja leyenda que durante tanto tiempo alimentó la imaginación occidental, de Prometeo a Gulliver.
También el cuerpo es un gran actor utópico, cuando se trata de las máscaras, del maquillaje y del tatuaje. Enmascararse, maquillarse, tatuarse, no es exactamente, como uno podría imaginárselo, adquirir otro cuerpo, simplemente un poco más bello, mejor decorado, más fácilmente reconocible; tatuarse, maquillarse, enmascararse, es sin duda algo muy distinto, es hacer entrar al cuerpo en comunicación con poderes secretos y fuerzas invisibles. La máscara, el signo tatuado, el afeite depositan sobre el cuerpo todo un lenguaje: todo un lenguaje enigmático, todo un lenguaje cifrado, secreto, sagrado, que llama sobre ese mismo cuerpo la violencia del dios, el poder sordo de lo sagrado o la vivacidad del deseo. La máscara, el tatuaje, el afeite colocan al cuerpo en otro espacio, lo hacen entrar en un lugar que no tiene lugar directamente en el mundo, hacen de ese cuerpo un fragmento de espacio imaginario que va a comunicar con el universo de las divinidades o con el universo del otro. Uno será poseído por los dioses o por la persona que uno acaba de seducir. En todo caso la máscara, el tatuaje, el afeite son operaciones por las cuales el cuerpo es arrancado a su espacio propio y proyectado a otro espacio.
Escuchen, por ejemplo, este cuento japonés y la manera en que un tatuador hace pasar a un universo que no es el nuestro el cuerpo de la joven que él desea:
“El sol disparaba sus rayos sobre el río e incendiaba el cuarto de las siete esteras. Sus rayos reflejados sobre la superficie del agua formaban un dibujo de olas doradas sobre el papel de los biombos y sobre la cara de la joven profundamente dormida. Seikichi, tras haber corrido los tabiques, tomó entre sus manos sus herramientas de tatuaje. Durante algunos instantes permaneció sumido en una suerte de éxtasis. Precisamente ahora saboreaba plenamente la extraña belleza de la joven. Le parecía que podía permanecer sentado ante ese rostro inmóvil durante decenas y centenas de años sin jamás experimentar ni fatiga ni aburrimiento. Así como el pueblo de Menfis embellecía antaño la tierra magnífica de Egipto de pirámides y de esfinges, así Seikichi con todo su amor quiso embellecer con su dibujo la piel fresca de la joven. Le aplicó de inmediato la punta de sus pinceles de color sostenidos entre el pulgar, el anular y el dedo pequeño de la mano izquierda, y a medida que las líneas eran dibujadas, las pinchaba con su aguja sostenida en la mano derecha”.
Y si se piensa que la vestimenta sagrada, o profana, religiosa o civil hace entrar al individuo en el espacio cerrado de lo religioso o en la red invisible de la sociedad, entonces se ve que todo cuanto toca al cuerpo –-dibujo, color, diadema, tiara, vestimenta, uniforme–, todo eso hace alcanzar su pleno desarrollo, bajo una forma sensible y abigarrada, las utopías selladas en el cuerpo.
Pero acaso habría que descender una vez más por debajo de la vestimenta, acaso habría que alcanzar la misma carne, y entonces se vería que en algunos casos, en su punto límite, es el propio cuerpo el que vuelve contra sí su poder utópico y hace entrar todo el espacio de lo religioso y lo sagrado, todo el espacio del otro mundo, todo el espacio del contramundo, en el interior mismo del espacio que le está reservado. Entonces, el cuerpo, en su materialidad, en su carne, sería como el producto de sus propias fantasías. Después de todo, ¿acaso el cuerpo del bailarín no es justamente un cuerpo dilatado según todo un espacio que le es interior y exterior a la vez? Y también los drogados, y los poseídos; los poseídos, cuyo cuerpo se vuelve infierno; los estigmatizados, cuyo cuerpo se vuelve sufrimiento, redención y salvación, sangrante paraíso.
Realmente era necio, hace un rato, de creer que el cuerpo nunca estaba en otra parte, que era un aquí irremediable y que se oponía a toda utopía.
Mi cuerpo, de hecho, está siempre en otra parte, está ligado a todas las otras partes del mundo, y a decir verdad está en otra parte que en el mundo. Porque es a su alrededor donde están dispuestas las cosas, es con respecto a él –y con respecto a él como con respecto a un soberano– como hay un encima, un debajo, una derecha, una izquierda, un adelante, un atrás, un cercano, un lejano. El cuerpo es el punto cero del mundo, allí donde los caminos y los espacios vienen a cruzarse, el cuerpo no está en ninguna parte: en el corazón del mundo es ese pequeño núcleo utópico a partir del cual sueño, hablo, expreso, imagino, percibo las cosas en su lugar y también las niego por el poder indefinido de las utopías que imagino. Mi cuerpo es como la Ciudad del Sol, no tiene un lugar pero de él salen e irradian todos los lugares posibles, reales o utópicos.
Después de todo, los niños tardan mucho tiempo en saber que tienen un cuerpo. Durante meses, durante más de un año, no tienen más que un cuerpo disperso, miembros, cavidades, orificios, y todo esto no se organiza, todo esto no se corporiza literalmente sino en la imagen del espejo. De una manera más extraña todavía, los griegos de Homero no tenían una palabra para designar la unidad del cuerpo. Por paradójico que sea, delante de Troya, bajo los muros defendidos por Héctor y sus compañeros, no había cuerpo, había brazos alzados, había pechos valerosos, había piernas ágiles, había cascos brillantes por encima de las cabezas: no había un cuerpo. La palabra griega que significa cuerpo no aparece en Homero sino para designar el cadáver. Es ese cadáver, por consiguiente, es el cadáver y es el espejo quienes nos enseñan (en fin, quienes enseñaron a los griegos y quienes enseñan ahora a los niños) que tenemos un cuerpo, que ese cuerpo tiene una forma, que esa forma tiene un contorno, que en ese contorno hay un espesor, un peso, en una palabra, que el cuerpo ocupa un lugar. Es el espejo y es el cadáver los que asignan un espacio a la experiencia profunda y originariamente utópica del cuerpo; es el espejo y es el cadáver los que hacen callar y apaciguan y cierran sobre un cierre –-que ahora está para nosotros sellado– esa gran rabia utópica que hace trizas y volatiliza a cada instante nuestro cuerpo. Es gracias a ellos, es gracias al espejo y al cadáver por lo que nuestro cuerpo no es lisa y llana utopía. Si se piensa, empero, que la imagen del espejo está alojada para nosotros en un espacio inaccesible, y que jamás podremos estar allí donde estará nuestro cadáver, si se piensa que el espejo y el cadáver están ellos mismos en un invencible otra parte, entonces se descubre que sólo unas utopías pueden encerrarse sobre ellas mismas y ocultar un instante la utopía profunda y soberana de nuestro cuerpo.
Tal vez habría que decir también que hacer el amor es sentir su cuerpo que se cierra sobre sí, es finalmente existir fuera de toda utopía, con toda su densidad, entre las manos del otro. Bajo los dedos del otro que te recorren, todas las partes invisibles de tu cuerpo se ponen a existir, contra los labios del otro los tuyos se vuelven sensibles, delante de sus ojos semicerrados tu cara adquiere una certidumbre, hay una mirada finalmente para ver tus párpados cerrados. También el amor, como el espejo y como la muerte, apacigua la utopía de tu cuerpo, la hace callar, la calma, y la encierra como en una caja, la clausura y la sella. Por eso es un pariente tan próximo de la ilusión del espejo y de la amenaza de la muerte; y si a pesar de esas dos figuras peligrosas que lo rodean a uno le gusta tanto hacer el amor es porque, en el amor, el cuerpo está aquí.
1 La recuperación del cuerpo en el proceso del despertar es un tema recurrente en la obra de Marcel Proust. (N. de la R.)
* La conferencia “El cuerpo utópico”, de 1966, integra el libro El cuerpo utópico. Las heterotopías, de reciente aparición (ed. Nueva Visión).

jueves, 6 de agosto de 2009

por qué ejercemos invariablemente mal nuestra capacidad de juicio?



y yo prefiero ser feliz a tener razón, como dijo el Chary.

Fragmentos de Dar cuenta de sí mismo, de Judith Butler:

Compruebo que mi formación misma implica al otro en mí, que mi propia extranjeridad para mí misma es, paradójicamente, el origen de mi conexión ética con otros. ¿Necesito conocerme para actuar responsablemnte en las relaciones sociales? Hasta cierto punto, es indudable que sí. Pero, ¿hay una valencia ética en mi desconocimiento? Si me hieren, compruebo que la herida da testimonio del hecho de que soy impresionable, de que estoy entregada al otro de una manera que no puedo predecir o controlar por completo. No puedo pensar la cuestión de la responsabilidad por sí sola, aislada del otro.

Si, como dice Adorno, “en la ceguera del amor (…) anida la exigencia de no dejarse enceguecer”, esa ceguera parecería corresponder a la primacía de la fascinación, al hecho de que desde el inicio estamos implicados en un modo de relacionalidad que puede tematizarse de manera cabal, someterse a la reflexión ni conocerse cognitivamente. Ese modo de relacionalidad, ciego por definición, nos hace vulnerables a la traición y al error. Podríamos desear ser seres totalmente perspicaces, pero eso significaría renegar de la infancia, la dependencia, la relacionalidad, la impresionabilidad primaria; sería el deseo de erradicar todas las huellas activas y estructurantes de nuestras formaciones psicológicas y vivir en la ficción de ser adultos plenamente cognoscentes y dueños de nosotros mismos. A decir verdad, nos convertiríamos así en el tipo de seres que, por definición, no pueden estar enamorados, ciegos y enceguecidos, ni ser vulnerables a la devastación, ni quedar sometidos a la fascinación. Si fuéramos a responder a la ofensa con la afirmación de que tenemos el “derecho” a no recibir ese tratamiento, trataríamos el amor del otro como una atribución, y no como un don. Por ser un don, ese amor exhibe la insuperable calidad de la gratuidad. Es, en el lenguaje de Adorno, un don entregado en libertad.
Pero, ¿es la alternativa el contrato o la libertad? O bien, así como ningún contrato puede garantizarnos el amor, ¿sería también un error concluir que el amor, por lo tanto, se da de modo radicalmente libre? En rigor, la falta de libertad que anida en el corazón del amor no corresponde al contrato. Después de todo, el amor por el otro será, por necesidad, ciego aun en su saber. El hecho de que en el amor estemos obligados significa que, al menos en parte, desconocemos por qué amamos como lo hacemos y por qué ejercemos invariablemente mal nuestra capacidad de juicio.

Uno procura preservarse contra el carácter lesivo del otro, pero si lograra amurallarse contra la ofensa se volvería inhumano. En este sentido, cometemos un error cuando consideramos que la “autoconservación” es la esencia de lo humano, a menos que sostengamos, en correspondencia con ello, que lo “inhumano” también lo constituye. Uno de los inconvenientes de provocados por la insistencia en la autoconservación como base de la ética es que esta se convierte en una pura ética del yo, si no en una forma de narcisismo moral. Al persistir en la vacilación entre el deseo de reivindicar un derecho ante tal ofensa y la resistencia a esa reivindicación, uno “se vuelve humano”.

La solución individualista que suele identificar la voluntad como la norma definitoria de la calidad de humano no sólo aparta al individuo del mundo, sino que destruye el fundamento del compromiso moral con este. Resulta difícil condenar aquí la intrusión violenta en la voluntad sin concebir esa voluntad como definitoria de lo humano. En efecto, la intrusión es inevitable: no hay “derecho” que podamos afirmar contra esta condición fundamental. Al mismo tiempo, sin duda podemos y debemos idear normas para juzgar diferentes formas de intrusión, distinguiendo su dimensión inevitable e insuperable, por un lado, y sus condiciones socialmente contingentes y reversibles por otro.

domingo, 5 de julio de 2009

...en los fuegos de la anarquía...


Rafael Barret:
Poner pie en la playa virgen,
agitar lo maravilloso que duerme,
sentir el soplo de lo desconocido,
el estremecimiento de una
forma nueva: he aquí lo necesario.
Más vale lo horrible que lo viejo.
Más vale deformar que repetir.
Antes destruir que copiar.
Vengan los monstruos si son jóvenes.
El mal es lo que vamos dejando a nuestras espaldas.
La belleza es el misterio que nace.


Cólera que te llevó a arrojar tu pluma
en los fuegos de la anarquía

Eterna Inocencia: Barret y las misiones

miércoles, 27 de mayo de 2009

La vida es un consumirse en preguntas


Artaud, para lxs amigxs.
Feliz cumpleaños a la poeta.

Allí donde otros proponen obras yo no pretendo otra cosa que mostrar mi espíritu.
La vida es un consumirse en preguntas.
No concibo la obra como separada de la vida.
No amo la creación separada. No concibo tampoco el espíritu separado de sí mismo.
Cada una de mis obras, cada uno de los planes de mí mismo, cada una de las floraciones heladas de mi vida interior echa su baba sobre mi.
Me reconozco tanto en una carta escrita para explicar el encogimiento íntimo de mi ser y la castración insensata de mi vida, como en un ensayo exterior a mí mismo, y que aparece en mí como un engendro indiferente de mi espíritu.
Sufro que el Espíritu no esté en la vida y que la vida no esté en el Espíritu, sufro del Espíritu-órgano, del Espíritu-traducción, o del Espíritu-intimidación-de-las-cosas para hacerlas entrar en el Espíritu.
Yo pongo este libro suspendido en la vida, deseo que sea mordido por las cosas exteriores y antes que nada por todos los sobresaltos en acecho, todas las oscilaciones de mi yo por venir.
Todas estas páginas se arrastran como témpanos en el espíritu. Disculpen mi absoluta libertad. Me rehuso a hacer diferencias entre cada uno de los minutos de mí mismo. No reconozco el espíritu planificado.
Es necesario terminar con el Espíritu como con la literatura. Digo que el Espíritu y la vida se comunican en todos lo grados. Yo quisiera hacer un libro que trastorne a los hombres, que sea como una puerta abierta y que los conduzca donde ellos no habrían jamás consentido llegar, simplemente una puerta enfrentada a la realidad.
Y esto no es un prefacio de un libro como no lo son los poemas que lo jalonan ni la enumeración de todas las furias del malestar.
Esto no es más que un témpano mal tragado.

Antonin Artaud

jueves, 14 de mayo de 2009

Judy!



Sí, escribe difícil (en El género en disputa dijo que "no es mi intención ser difícil, sino dirigir la atención hacia una dificultad sin la cual ningún “yo” puede aparecer").
No, no estoy de acuerdo con todo lo que dice (especialmente en su último libro).
Pero Judy is a punk, ya lo sabían los Ramones.
Conocerla (a ella y su diminuto piecesito danzante o sus manos ágiles), verla hacer cosas con la teoría a menos de un metro de distancia, padecer las condiciones de acceso al saber en la Academia, etc., fue toda UNA EXPERIENCIA.

Acá entrevista que le hizo Leonor.

Y más abajo, algo del libro que estoy leyendo en mis ratos libres:

Desde el inicio constituyen un reto, si no una pregunta abierta, la relación que el yo asuma consigo mismo, su modo de forjarse en respuesta a un mandato, su manera de construirse y el trabajo que realice sobre sí mismo*. El mandato impone el acto de autorrealización o autoconstrucción, lo cual significa que no actúa de manera unilateral o determinista sobre el sujeto. Prepara el escenario para su autoconstrucción, que siempre se lleva a cabo en relación con un conjunto impuesto de normas. La norma no produce al sujeto como su efecto necesario, y el sujeto tampoco tiene plena libertad para ignorar la norma que instaura su reflexividad; unx lucha invariablemente con condiciones de su propia vida que podría no haber elegido. Si en esa lucha hay algún acto de agencia o, incluso, de libertad, se da en el contexto de un campo facilitador y limitante de coacciones. Esa agencia ética nunca está del todo determinada ni es radicalmente libre. Su lucha o su dilema principal deben ser producto de un mundo, aun cuando unx, en cierta forma, debe producirse a sí mismx. Esa lucha en las condiciones no elegidas de la propia vida –una agencia- también es posible, paradójicamente, gracias a la persistencia de esta condición primaria de falta de libertad.

Judith Butler: Dar cuenta de sí mismo. Violencia ética y responsabilidad.

*se refiere a la concepción de la moral en Foucault

domingo, 3 de mayo de 2009

#2 de pido perdon zine listo para copiarse y distribuirse



mi nueva banda fetiche es the organ.
soy adicta a su disquito
y al jarabe de hojas de hiedra que me dieron.
a ver si me curan esta imposibilidad de hablar
y de dormir bien.

lo bueno? fui a todos los lugares a los que no debía
y terminé el #2 de pido perdon zine
toda la data en http://www.pidoperdonzine.blogspot.com/
ya está.

mientras, espero que se me pase la faringitis y la fiebre.
el lunes se hacen las copias y empezamos esto de la distribución.

agradecimientos? muchos, a mucha gente. algunxs están en el zine, materialmente hablando, otrxs están implícitamente -las distancias son nada, a veces (lo leen completo acá).

letra de mis chicas favoritas del momento:

the organ: Steven Smith

As i was saying
I know that i’m one of the few who got
Away from you
Steven smith , we all lose
One look at you
And they’re suddenly covered in
Shrapnel too
It’s true, most die in your bedroom

All the time i’m getting shot
Oh, barrels roll and hammers drop
Come on now
Grab that gun and we’ll go drive
Around
Until there’s no sound

Come on
Let’s go
I said i am driving and i am driving
Its true, i’ve got something for you

When everything is quiet
The ringing in our ears will be awfully
Violent
And then there will be silence
Then there will be silence.

Steven en vivo
brother
love, love, love

sábado, 21 de marzo de 2009

acoso sin tregua a todas las formas del fascismo


El Anti-Edipo: Una introducción a la vida no fascista (fragmento)
Michel Foucault
Sería un error leer El Anti-Edipo como la nueva referencia teórica, es decir, esa famosa teoría que tan a menudo nos ha sido anunciada: la que todo lo englobará, esa absolutamente totalizadora y tranquilizante; esa, se nos asegura, “que tanto necesitamos” en esta época de dispersión y de especialización, de donde “la esperanza” ha desaparecido. No hay que buscar una “filosofía” en esta extraordinaria profusión de nociones nuevas de conceptos-sorpresas. El Anti-Edipo no es un Hegel relumbroso.Yo creo que la mejor manera de leer El Anti-Edipo, consiste en abordarlo como un “arte”, en el sentido en que se habla de “arte erótico”, por ejemplo. Apoyándose en las nociones, en apariencia abstractas, de multiplicidades, flujos, dispositivos y ramificaciones, el análisis de la relación del deseo con la realidad y con la “máquina” capitalista aporta respuestas a preguntas concretas. Preguntas que se preocupan menos del por qué de las cosas que de su cómo. ¿Cómo se introduce el deseo en el pensamiento, en el discurso, en la acción? ¿De qué manera el deseo puede y debe desplegar sus fuerzas en la esfera de lo político e intensificarse en el proceso de derrumbamiento del orden establecido?Ars erotica, ars theoretica, ars politica.
De allí los tres adversarios a los cuales El Anti-Edipo se halla confrontado: Tres adversarios que no poseen la misma fuerza, que representan grados diversos de amenaza, y que el libro combate con diferentes medios.
1. Los ascetas políticos, los militantes morosos, los terroristas de la teoría, aquellos que quisieran preservar el orden puro de la política y del discurso político. Los burócratas de la revolución y los funcionarios de la Verdad.
2. Los lamentables técnicos del deseo - los psicoanalistas y semiólogos - que registran cada signo y cada síntoma y que desearán reducir la organización múltiple del deseo a la ley binaria de la estructura y de la carencia.
3. Por último, el enemigo mayor, el adversario estratégico (ya que la oposición de El Anti-Edipo con sus otros enemigos constituye más bien un combate táctico): el fascismo. Y no solamente el fascismo histórico de Hitler y de Mussolini - que tan bien supo movilizar y utilizar el deseo de las masas- sino también el fascismo que existe en todos nosotros, que habita en nuestros espíritus y está presente en nuestra conducta cotidiana, el fascismo que nos hace amar el poder, desear esa cosa misma que nos domina y nos explota.
Yo diría que El Anti-Edipo (ojalá que sus autores me perdonen) es un libro de ética, el primer libro de ética escrito en Francia desde hace mucho tiempo (y de ahí, tal vez, la razón por la cual su éxito que no limita un “lectorado” en particular: ser anti-Edipo se ha convertido en un estilo de vida, en un modo de pensar y de vivir).¿Cómo hacer para no convertirse en fascista incluso cuando (sobre todo cuando) se cree ser un militante revolucionario? ¿Cómo hacer desaparecer de nuestro discurso y de nuestros actos, de nuestros corazones y placeres, ese mismo ? ¿Cómo arrancar ese fascismo incrustado en nuestro comportamiento? Los moralistas cristianos buscaban las trazas de la carne que se habían introducido en los repliegues del alma. Deleuze y Guattari, en cambio, acechan las más ínfimas partículas del fascismo en el cuerpo.Rindiendo un modesto homenaje a San Francisco de Sales (1) podría decirse que El Anti-Edipo es una introducción a la vida no fascista.Este arte de vivir contrario a todas las formas de fascismo, ya estén instaladas o próximas de serlo, van acompañadas de un cierto número de principios esenciales, que yo resumiría como sigue si tuviera que convertir este gran libro en un manual o una guía de la vida cotidiana:
- Liberad la acción política de toda forma de paranoia unitaria y totalizadora.
- Incrementad la acción, el pensamiento y los deseos mediante proliferación, yuxtaposición y disyunción, antes que por subdivisión y jerarquización piramidal.
- Liberaos de las viejas categorías de lo Negativo (la ley, el límite, la castración, la carencia, la laguna) que el pensamiento occidental ha sacralizado durante tanto tiempo como forma de poder y modo de acceso a la realidad. Preferid aquello que es positivo y múltiple, la diferencia a la uniformidad, los flujos a las unidades, Ias disposiciones móviles a los sistemas. Considerad que lo que es productivo no es sedentario sino móvil.
- No imaginéis que haya que ser triste para ser militante, incluso si lo que se combate es abominable. Es el vínculo del deseo a la realidad (y no su fuga en las formas de la representación) el que posee una fuerza revolucionaria.
-No utilicéis el pensamiento para dar a una práctica política el valor de Verdad; ni la acción política para desacreditar un pensamiento, como si no fuera más que pura especulación. Utilizad la práctica política como un intensificador del pensamiento, y el análisis como un multiplicador de las formas y de los dominios de intervención de la acción política.
- No exijáis a la política que restablezca los “derechos” del individuo tal cual han sido definidos por el filosofo. El individuo es el producto del poder. Lo que hay que hacer es “desindividualizar” por la multiplicación y el desplazamiento, por la suma de combinaciones diferentes. El grupo no debe ser el vínculo orgánico que une a individuos jerarquizados, sino un constante generador de “desindividualización”.
- No os enamoréis del poder.-
Podría incluso decirse que Deleuze y Guattari aman tan poco el poder que trataron de neutralizar los efectos del poder vinculados a su propio discurso. De ahí los juegos y las trampas que encontramos un poco en todo el libro, y que convierten su traducción en un auténtico tour de force. pero no se trata de las trampas familiares de la retórica, aquellas que tratan de seducir al lector sin que este sea consciente de la manipulación, y que terminan por ganarlo para la causa de los autores, contra su voluntad. Las acechanzas de El Anti-Edipo son las del humor: otras tantas invitaciones a dejarse expulsar, a despedirse del texto dando un portazo. El libro hace a menudo pensar que no se trata de otra cosa que de un humor y de juego, allí donde, sin embargo, ocurre algo esencial, algo tremendamente serio: el acoso de todas las formas del fascismo, desde aquellas, colosales, que nos rodean y nos aplastan, hasta las formas más pequeñas que instauran la amarga tiranía de nuestras vidas cotidianas.
(1) Hombre de Iglesia del S. XVII, que fue obispo de Ginebra. Es conocido por su Introducción a la vida devota.
Este texto de Michel Foucault sirvió de prefacio a la edición estadounidense del Capitalismo y esquizofrenia, el Anti-Edipo, de Gilles Deleuze y Félix Guattari.

jueves, 11 de diciembre de 2008

patti smith


¿Qué significa que te elijan?
¿Qué se siente cuando te eligen?
¿Qué clase de vida lleva alguien
que ha sido elegidx?

sábado, 25 de octubre de 2008

desarrollad vuestra legítima rareza...


Según dicen algunxs que lo conocieron, a Foucault le encantaba usar el dictum de René Char: "desarrollad vuestra legítima rareza". Anoche se nos ocurrió con la poeta ácrata que esta traducción castiza de Char debe sonar en nuestras cabezas como una arenga proveniente de la voz de Evaristo, en algún recital antológico de La Polla Records.
Extracto de una entrevista del año 1977 en la que Foucault explica el giro de pensamiento que adoptó con su primer volumen de "La Historia de la Sexualidad.

L. Finas: Michel, hay un texto que me parece realmente asombroso desde todos los puntos de vista: el primer volumen de su Historia de la sexualidad, "La voluntad de saber". La tesis que usted defiende en él es inesperada y, a primera vista, simple, pero se hace progresivamente más compleja. En resumen, digamos que entre el poder y el sexo no se establece una relación de represión, sino todo lo contrario.

M. Foucault: Hasta cierto momento yo aceptaba la concepción tradicional del poder: el poder como un mecanismo esencialmente jurídico. Lo que dicen las leyes, lo que niegan o prohíben, con toda una letanía de efectos negativos: exclusión, rechazo, barreras, negaciones, ocultaciones, etc. Pero ahora considero inadecuada esa concepción.Me serví de ella en la Historia de la locura, ya que la locura es un caso privilegiado: sin duda, durante el periodo clásico el poder se ejerció sobre la locura a través, prioritariamente, de la exclusión; se asiste entonces a una gran reacción de rechazo en la que la locura se vio implicada. Para analizar este hecho pude utilizar sin demasiados problemas esta concepción puramente negativa del poder, pero a partir de cierto momento me pareció insuficiente. Esto ocurrió en el transcurso de una experiencia concreta que tuve a partir de 1970-1972 en las prisiones. Me convencí de que el análisis no debía hacerse en términos de derecho, sino en términos de tecnología, en términos de táctica y de estrategia. Es esta sustitución del esquema jurídico negativo por otro técnico y estratégico lo que he intentado elaborar en Vigilar y castigar, para utilizarlo luego en la Historia de la sexualidad.

L. Finas: Quienes han leído su Historia de la locura en la época clásica, conservan la imagen de la gran locura barroca encerrada y reducida al silencio. En toda Europa, hacia mediados del siglo XVII, se construyen rápidamente los manicomios. ¿Diría usted que la historia moderna, imponiendo el silencio a la locura desató la lengua del sexo? ¿O más bien que la misma obsesión o preocupación por la locura y por el sexo desembocaron en resultados opuestos a través del doble plano de los discursos y de los hechos? En ese caso, ¿por qué?

M. Foucault: Creo, en efecto, que entre la locura y la sexualidad existen una serie de relaciones históricas que son realmente importantes, y que yo no había percibido cuando estaba escribiendo la Historia de la locura. En aquel momento tenía la idea de hacer dos historias paralelas: por un lado, la historia de la locura y de las clasificaciones que a partir de ella tuvieron lugar; por otro, la historia de las limitaciones que se operaron en el campo de la sexualidad (la permitida y la prohibida, la normal y la anormal, la femenina y la masculina, la de los adultos y la de los niños) Pensaba en toda una serie de divisiones binarias que habían impreso su sello particular a la división más global entre razón y sinrazón, que yo había intentado discernir al estudiar la locura. Sin embargo, creo que es insuficiente: si la locura, al menos durante un siglo, fue esencialmente objeto de operaciones negativas, la sexualidad por su parte estaba desde esta época atravesada por intereses distintos y positivos.Pero a partir del siglo XIX tuvo lugar un fenómeno absolutamente fundamental. Se trata del engranaje, de la imbricación de dos grandes tecnologías del poder: la que tejía la sexualidad y la que marginaba la locura. La tecnología concerniente a la locura pasó de la negatividad a la positividad, y de binaria se convirtió en compleja y multiforme. Nace entonces una gran tecnología de la psique que constituye uno de los rasgos fundamentales de nuestros siglos XIX y XX; una tecnología que hace del sexo, al mismo tiempo, la verdad oculta de la conciencia razonable y el sentido descifrable de la locura (su sentido común) y que por tanto permite aprisionar a la una y a la otra según las mismas modalidades.

L. Finas: Su refutación de la hipótesis represiva no consiste, entonces, en un simple desplazamiento de acento, ni en una constatación de la negación o de la ignorancia por parte del poder. En el caso de la Inquisición, por ejemplo, en lugar de poner en evidencia la represión que se impone al hereje, se podría poner el acento en la "voluntad de saber".

M. Foucault: En efecto, he querido desplazar los acentos y hacer aparecer mecanismos positivos allí donde generalmente se privilegian los mecanismos negativos.Por ejemplo, en lo que concierne a la penitencia, se subraya siempre que el cristiano sanciona la sexualidad, autorizando sólo algunas formas de ella y castigando todas las demás. Pero es necesario señalar también, en mi opinión, que en el corazón de la penitencia cristiana existe la confesión, y en consecuencia la declaración de las faltas, el examen de conciencia, y mediante esto toda una producción de saber y de discursos sobre el sexo que tuvieron una serie de efectos teóricos (el amplio análisis que se hizo de la concupiscencia en el siglo XVII) y efectos prácticos (una pedagogía de la sexualidad que posteriormente sería laicalizada y medicalizada)También he hablado de la forma en que diferentes instancias del poder se habían de algún modo instaurado en el placer mismo de su ejercicio. Existe en la vigilancia, más exactamente en la mirada de los que vigilan, algo que no es ajeno al placer de vigilar y al placer de vigilar el placer. Igualmente, he insistido en los mecanismos de rebote. Por ejemplo, las explosiones de histeria que se manifestaron en los hospitales psiquiátricos de la segunda mitad del siglo XIX han sido un mecanismo de rebote, una respuesta al ejercicio mismo del poder psiquiátrico: los psiquiatras recibieron el cuerpo histérico de sus enfermos en pleno rostro, sin quererlo e incluso sin saber cómo es que ocurría esto.Sin embargo, estos elementos no constituyen la parte esencial de mi libro. Me parece que hay que comprenderlos a partir de la instauración de un poder que se ejerce sobre el cuerpo mismo. Lo que intento mostrar es cómo las relaciones de poder pueden penetrar materialmente en el espesor mismo de los cuerpos, sin tener incluso que ser sustituidos por la representación de los sujetos. Si el poder hace blanco en el cuerpo no es porque haya sido con anterioridad interiorizado en la conciencia de las gentes. Existe una red de bio-poder, de somato-poder que es, al mismo tiempo, una red a partir de la cual nace la sexualidad como fenómeno histórico y cultural, en el interior de la cual nos reconocemos y nos perdemos a la vez.

L. Finas: En La voluntad de saber usted distingue entre el poder como un conjunto de instituciones y aparatos, y el poder como multiplicidad de relaciones de fuerza inmanentes al dominio en el que se inscriben. Ese poder lo representa produciéndose continuamente, en todas partes, en toda relación de un extremo a otro. ¿Es ese poder, si se entiende bien, el que no sería exterior al sexo, sino todo lo contrario?

M. Foucault: Para mi, lo esencial del trabajo que he emprendido es la reelaboración de la teoría del poder; no creo que el mero placer de escribir sobre la sexualidad fuese motivo suficiente para comenzar esta serie de seis volúmenes, si no me sintiera motivado por la necesidad de replantear esta cuestión del poder. Con demasiada frecuencia, según el modelo impuesto por el pensamiento jurídico filosófico de los siglos XVI y XVII, el problema del poder se ha reducido al concepto de soberanía. En contra de este privilegio del poder soberano, he intentado hacer un análisis que iría en otra dirección.Entre cada punto del cuerpo social, entre el hombre y la mujer, en la familia, entre el maestro y su alumno, entre el que sabe y el que no sabe, transcurren relaciones de poder que no son la pura y simple proyección del poder soberano sobre los individuos. La familia, incluso la actual, no es una simple prolongación del poder estatal en relación a los niños; tampoco el macho es el representante del Estado en relación a la mujer. Para que el Estado funcione como funciona se hace necesario que entre el hombre y la mujer, entre el adulto y el niño, haya unas relaciones de dominación muy específicas, que tienen su propia configuración y una relativa autonomía.En mi opinión, hay que desconfiar de un modo de representar el poder que durante mucho tiempo ha dificultado su análisis; me refiero a la idea de que las voluntades individuales son el reflejo de una voluntad más general. Se dice constantemente que el padre, el marido, el jefe, el adulto o el profesor representan el poder del Estado, y que el Estado, a su vez, representa los intereses de una clase social. Pero esto no explica la complejidad de los mecanismos que entran en juego.

Fuente: Les rapports de pouvoir passent á lìnterieur des corps. La Quinzaine Littéraire, nº 247 (1977)

lunes, 22 de septiembre de 2008

abuso, infancia y poder


La imagen es de la serie "Muñeca rota" de Cortázar. El texto, algunas cosas que he pensado sobre este tema. Se aceptan críticas, sugerencias, divergencias, etc.
Abuso, infancia y poder:
palabras que hasta ahora me estaban misteriosamente prohibidas
Por Laura Contrera

Palabras que escribo aquí/ Contra toda evidencia/ Con la gran preocupación/ De decir todo.[1]

No habría más que un discurso posible sobre el abuso infantil y éste tiene, infaliblemente, un sesgo moral: se está a favor de la pedofilia o se está del lado de las víctimas inocentes. En eso, izquierdas y derechas se dan la mano. Cuando se habla de abuso infantil suele olvidarse que lo que está en juego es la producción misma de la sexualidad infantil. Nuestros cuerpos son políticos, repetimos con la teoría (que no es sin práctica) feminista, post-feminista y queer. Nuestros cuerpos de niñxs abusadxs son políticos. Más allá de la violencia puntual ejercida sobre nuestra carne, nuestros cuerpos de niñxs son campo de batalla donde lo que se juega es algo que excede la salvaguarda del pudor. Como otrora se defendía manu militari la honra de la mujer: el dispositivo sexo-jurídico de la minoría eterna de la fémina, siempre bajo la atenta mirada del padre-marido-tutor, el Estado. Este cuerpo mío, pero que no me pertenece.

Que haya una suerte de intolerancia colectiva hacia ciertas formas violentas de vinculación entre niñxs y adultxs no debe confundirnos. Que algunas de estas formas de vinculación sean incluso pasibles de acción penal no debe dejarnos tranquilxs (sobre todo si pensamos que esta acción se da en determinadas circunstancias y bajo múltiples condicionamientos, ya que los entrecruzamientos de clase, género, etnia, etc. siguen produciendo sus engendros jurídicos). Porque tras siglo y medio de aplicación de concretas técnicas de normalización de las sexualidades adultas -e infantiles- y de una alerta constante sobre el peligro de las sexualidades anormales que acechan a la infancia, mucho no se ha avanzado. Quizá vaya siendo hora de que intentemos recuperar la dimensión política que suele escaparse cuando planteamos en términos de indignación moral la violencia aberrante ejercida contra ciertas corporalidades (niñxs en este caso, pero también cuando se trata de mujeres, trans, inmigrantes, pobres).

Pensemos entonces en las sexualidades infantiles que produce este entramado: el espacio de vigilancia continua que debería ser la familia, tal como es erigida e incentivada por el Estado, el juego incesante de sus instituciones, las relaciones de clase, los circuitos del capital, etc. Por un lado, un innegable interés político y económico del Estado en los cuerpos infantiles y la gestión -legal e ilegal- de esos cuerpos en los distintos circuitos de la producción[2]. Por el otro, una mirada moral que lo reduce todo al binomio víctima y victimario. O que, a lo sumo, dando un paso más adelante, da lugar a la voz querellante, adulta, erigida en representante de alguien siempre silencioso. En el medio, ese alguien silencioso, en su espacio de eterna inocencia mancillada por los poderes voraces.

Hace ya demasiado tiempo que la explicación por la perversidad natural o adquirida del monstruo abusador no sólo nada nos dice acerca de los victimarios sino que, peor aun, nada ha cambiado –para bien o para mal- ni en el terreno jurídico ni en el concreto escenario que se monta post-atentado para las “víctimas”. A pesar de todo el saber médico-psiquiátrico acumulado sobre las personalidades de los abusadores y de la legislación penal que ha proliferado, las cifras de prevención y control continúan siendo desalentadoras. Claro que en Argentina, como en el resto de Latinoamérica, todavía estamos muy lejos de poder discutir en nuevos términos ésta u otras cuestiones acuciantes. Porque la criminalización del molotov género-pobreza, así como la sospecha sobre la “culpabilidad” de las mujeres violadas o abusadas constituyen sentido común jurídico, nos hallamos en una rara posición que “obliga” moralmente a aplaudir los escasísimos casos donde se tuerce ese sentido común de la justicia. Y lo mismo ocurre cuando cierta indignación popular ante crímenes superlativamente escabrosos se impone en los medios masivos o en las calles.

Cuando se lee en los diarios de mayor tirada o se escucha en los noticieros de horario central que hay una suerte de “jerarquía perversa” que hace que el ayer niño abusado se “convierta” de manera ineluctable en un abusador o entregador de nuevas víctimas, no se puede permanecer indiferente. Hay un discurso que está operando de manera tan eficaz que nos impide hacernos hasta las más simples preguntas. Por ejemplo: ¿las niñas abusadas no nos convertimos en abusadoras por algún tipo de bondad natural que portamos o es porque el repertorio del que disponemos para “salir” adelante tras el abuso está ligeramente ampliado? Léase la ironía del dispositivo: a las niñas nos estaría permitido sentir tal vergüenza ante el hecho consumado que quizá pasemos los próximos 15 años de nuestras vidas tratando de huir de una sexualidad pensada para lastimarnos y ensuciarnos (eso incluye noviazgos y/o matrimonios y la maternidad incluso, no sólo el celibato) o engordemos 20 kilos para salirnos “voluntariamente” del mercado del deseo y la posibilidad de padecer nuevamente violencia sexual. El repertorio posible para los varoncitos abusados se reduce drásticamente a la posibilidad de ejercer una sexualidad adulta invasiva y violenta respecto de infantes desvalidos y/u otras corporalidades igualmente frágiles (y aquí se incluye la nota, no menor, de considerar a la pedofilia como iniciación en la homosexualidad, como si la violación introdujera a la niña en la heterosexualidad). Otra pregunta podría ser acerca de los estereotipos políticos de masculinidad y feminidad fabricados en esta forja perversa. La producción de una sexualidad masculina siempre dotada de un impulso irrefrenable (e involuntario), que constantemente está en riesgo de pasarse a la criminalidad, y su doble, la sexualidad femenina e infantil como territorio pasivo, blando, penetrable, expuesto en todo tiempo y circunstancia al ejercicio de la sexualidad masculina, que requiere de un resguardo nunca suficientemente amplio.

Ya es una verdad de sentido común la que dice que no hay destino biológicamente determinado, quizá sea hora de empezar a replantearse las crónicas psicológicamente anunciadas de algunos crímenes sexuales, no para sustituir un determinismo por otro (social, por ejemplo), sino para desplegar el funcionamiento de un conjunto de tecnologías de género que, como decía Teresa De Lauretis, si bien operan de modo heterogéneo respecto a las asignaciones femeninas o masculinas, producen esa y otras diferencias, además de la verdad del sexo, los modos normales y patológicos de gestionar placeres, la salud y la pureza étnica, la reproducción de fuerza de trabajo, etc.

Una mirada libertaria no puede contentarse hoy con la repetición del discurso moral y compungido que acompaña la queja y reclamo ante el Estado y sus instituciones. Porque así como habría un único discurso dominante sobre abuso infantil, también parece que sólo hay una acción posible: la del Estado y el aparato judicial. Faltan discursos y prácticas resistentes que nos permitan desmontar capas sucesivas: para entender cómo son mantenidos específicos estados de dominación incluso a través de técnicas y de una red de instituciones que se oponen, según sus propias definiciones, a tales estados[3]. La violencia de género o la violencia hacia la infancia es la violencia misma de este sistema de género, de este régimen económico-político que nos ha venido produciendo, en esta apenas perceptible malla estatal y para estatal a la que infructuosamente le venimos pidiendo piedad. O soluciones (cárcel, legislación, castración química, etc.). Y también sabias palabras para poner en su lugar el horror que nos habita y que no podemos nombrar.

El avasallamiento de las sexualidades infantiles se produce antes de que efectivamente haya acaecido el hecho esperado. La mirada moral y temerosa de la sociedad bienpensante ha engendrado y seguirá engendrando eso mismo que teme para sus tiernos frutos. La vigilancia –parental y estatal- impide por su propia definición la producción de una autogestión responsable del propio cuerpo infantil –acorde a su camino evolutivo, claro. El peligro difuso de la sexualidad autoriza todo tipo de controles y toma contornos definidos: el miedo delinea cuerpos que desconocen sus posibilidades de resistencia, como ha sucedido tradicionalmente con las mujeres y la violación. Seguir pensando –y produciendo- la infancia como una víctima ineluctable de las voracidades adultas no ha salvado a nadie. La infancia es sometida cotidianamente, de distintas maneras –aquí es donde intervienen esos espacios de superposición entre género, sexo, clase y etnia- y es en este mismo sometimiento donde se producen las subjetividades infantiles: cuerpos inermes, expuestos a todo mal, niñxs que no conocen sus potencialidades ni disponen de esos cuerpos.

Para quienes hemos podido sobrevivir a los episodios de abuso, la posibilidad de pensar un discurso y una práctica que no sitúe a la infancia abusada en relación al monstruo anormal que acecha desde una exterioridad moral y social. Un discurso y una práctica que nos permita la revisión de los dispositivos que nos produjeron (y seguirán produciendo) como víctimas propiciatorias de otros sujetos encarnados, crecidos y criados en estas sociedades de control y capitalismo tardío, con dispositivos que nos siguen sujetando firmemente de las salientes de nuestros cuerpos-campo-de-batalla aun cuando pretenden protegernos y librarnos de todo mal.

Y para quienes están dando sus primeros pasos, estrenando corporalidades vulnerables en un mundo que vigila aquello que sacraliza y normaliza para luego ponerlo en una circulación regulada, va este intento de abordar políticamente cuestiones en principio ligadas a la intimidad recóndita. Un humilde aporte para salir del espeso silencio y de las palabras prohibidas. Si es cierto que no puede decirse todo, quizá baste con empezar a decir algo. Tener palabras para nombrar lo que existe aunque creamos que no existe: el monstruo debajo de la cama unido a la voz dentro de mi cabeza y al coro de ángeles que no vela mi sueño.

[1] Paul Eluard: “Algunas de las palabras que, hasta ahora, me estaban misteriosamente prohibidas”, Cours Naturel, 1938.
[2] Según Foucault, la valoración del cuerpo del niño que emerge en las sociedades occidentales con la industrialización -una valoración económica y afectiva de su vida- está estrechamente ligada a la instauración de un temor en torno de ese cuerpo y de un temor en torno de la sexualidad, de la que los padres resultan responsables, ante el Estado, claro. Foucault, Michel: Los anormales. Curso en el Collège de France (1974-1975). Fondo de Cultura Económica, Bs.As., 2001. Pág 247.
[3] En Argentina, tenemos actualmente ante la Justicia dos casos ejemplares: el licenciado Corzi, psicólogo especialista en violencia familiar y abuso infantil -cabeza visible de espacios de poder-saber legitimados para hablar en nombre de las víctimas- acusado de comandar una red de pederastas, y el cura Grassi, responsable de una fundación llamada “Felices los niños” -que aloja a menores desamparados, con el auxilio de un fuerte subsidio gubernamental-, procesado por abuso y corrupción de menores.

lunes, 15 de septiembre de 2008

pido perdón zine


un fanzine sobre la infancia.
en esto ando ahora...pero falta un poco, me temo:

y canción alusiva de hüsker dü:
I Apologize
All these crazy mixed up lies
Floating all around
Making these assumptions brings me down
And you get tight-lipped, how do I know what you think?
Is it something I said when I lost my mind?
Temper too quick, makes me blind
I apologize...Said I'm sorry, now it's your turn,
Can you look me in the eyes and apologize?
So now sit around staring at the walls
We don't do anything at all
Take out the garbage, maybe, but the dishes don't get done

miércoles, 25 de junio de 2008

animal de confesión


(…) la confesión se convirtió, en Occidente, en una de las técnicas más altamente valoradas para producir lo verdadero. Desde entonces hemos llegado a ser una sociedad singularmente confesante. La confesión difundió hasta muy lejos sus efectos: en la justicia, en la pedagogía, en las relaciones amorosas, en el orden de lo más cotidiano, en los ritos más solemnes; se confiesan los crímenes, los pecados, los pensamientos y deseos, el pasado y los sueños, la infancia; se confiesan las enfermedades y las miserias; la gente se esfuerza en decir con la mayor exactitud lo más difícil de decir, y se confiesa en público y en privado, a padres, educadores, médicos, seres amados; y en el placer o la pena, uno se hace a sí mismo confesiones imposibles de hacer a otro, y con ellas escribe libros. La gente confiesa –o es forzada a confesar. Cuando la confesión no es espontánea ni impuesta por algún imperativo interior, se la arranca; se la descubre en el alma, o se la arranca al cuerpo. Desde la Edad Media, la tortura la acompaña como una sombra y la sostiene cuando se esquiva: negras mellizas. La más desarmada ternura, así como el más sangriento de los poderes, necesitan la confesión. El hombre, en Occidente, ha llegado a ser un animal de confesión.

Michel Foucault, Historia de la sexualidad, vol. I, la voluntad de saber.

martes, 20 de mayo de 2008

la revolución y el placer


Algo de la revuelta, de la libertad prometida y de la próxima época de otra ley se filtran fácilmente en ese discurso sobre la opresión del sexo. En el mismo se encuentran reactivadas viejas funciones tradicionales de la profecía. Para mañana el buen sexo. Es porque se afirma esa represión por lo que aún se puede hacer coexistir, discretamente, lo que el miedo al ridículo o la amargura de historia impiden relacionar a la mayoría de nosotros: la revolución y la felicidad; o la revolución y un cuerpo otro, más nuevo, más bello; o incluso la revolución y el placer. Hablar contra los poderes, decir la verdad y prometer el goce; ligar entre sí la iluminación, la liberación y multiplicadas voluptuosidades; erigir un discurso donde se unen el ardor del saber, la voluntad de cambiar la ley y el esperado jardín de las delicias: he ahí indudablemente lo que sostiene en nosotros ese encarnizamiento en hablar del sexo en términos de represión (…).

Michel Foucault, Historia de la sexualidad, vol. I, la voluntad de saber.

(la cursiva es mía)



jueves, 8 de mayo de 2008

la nube en pantalones


(...)

Canta el poeta sonetos a Tiana
pero yo,
todx de carne,
todx humanx,
sólo pido tu cuerpo
como pide el cristiano:
"el pan nuestro de cada día,
dánoslo hoy".

(...)

Tu cuerpo
cuidaré y amaré
como el soldado,
cercenado por la guerra,
inútil,
de nadie,
cuida su única pierna.

(...)

Vladimir Maiakovski, fragmentos de La nube en pantalones

(y en la foto, la estatua al poeta suicidado por el Estado soviético en Vólogda)

viernes, 14 de marzo de 2008

Ironía del dispositivo


Con frecuencia se evocan los innumerables procedimientos con los cuales el cristianismo antiguo nos habría hecho detestar el cuerpo; pero pensemos un poco en todas esas astucias con las cuales, desde hace varios siglos, se nos ha hecho amar el sexo, con las cuales se nos tornó deseable conocerlo y valioso todo lo que de él se dice; con las cuales, también, se nos incitó a desplegar todas nuestras habilidades para sorprenderlo, y se nos impuso el deber de extraer la verdad; con las cuales se nos culpabilizó por haberlo ignorado tanto tiempo. Ellas son las que hoy merecerían causar asombro. Y debemos pensar que quizás un día, en otra economía de los cuerpos y los placeres, ya no se comprenderá cómo las astucias de la sexualidad, y del poder que sostiene su dispositivo, lograron someternos a esta austera monarquía del sexo, hasta el punto de destinarnos a la tarea indefinida de forzar su secreto y arrancar a esa sombra las confesiones más verdaderas.

Ironía del dispositivo: nos hace creer que en ello reside nuestra “liberación”.

Michel Foucault, Historia de la sexualidad, vol. I, la voluntad de saber.

viernes, 4 de enero de 2008

amores perros


“Situando el presente en el origen, la metafísica nos obliga a creer en el trabajo oscuro de un destino que pugnaría por manifestarse desde el primer momento.”[1]

Hay algo que olvidaste o no quisiste decir, algo que no revelarías jamás (…) Ayer era tiempo de soñar y dejar que otros jueguen, hoy es tu tiempo de llorar: la muñeca no está.”[2]

Que la historia no tiene sentido, nos recuerda Foucault, no quiere decir que sea absurda o incoherente, sino que es necesario hacer genealogía, esto es, poner de manifiesto las incesantes luchas, las tácticas anónimas pero locuaces. Salirnos de la tiranía del sentido y de la finalidad entonces. Pero la historia sí es inteligible. Y su trasfondo –ese que dejamos al descubierto- es de tripas sangrantes, claro está. El verdadero nombre del amor se graba a fondo en la piel con un “aguijón de brasa”, como escribió Cortázar en una novela que amé en mi alegre juventud.

Hacer genealogía: dejar al descubierto toda la serie de trucos, de ocultamientos, de sortilegios y pases que hacen al coágulo, la concatenatio rerum. Para que el destino no sea la Reina de Corazones (cruel, caprichosa, insondable y tirana) ni el tipo con cara de pescado que maneja una baraja roñosa, hay que desbaratar el enigma, poner en evidencia sus triquiñuelas de circo. Genealogía del amor, como de cualquier otra cosa. Para evitar que el amor se transforme en una excusa para no hacer ni decir nada que ya no esté anunciado desde siempre, para que el amor no se convierta en una sombra engañosa cuyo nombre es “Destino”.

("Perros hacen pedazos un corazón bordado")


[1] Foucault, Michel: “Nietzsche, la genealogía, la historia” .
[2] Massacre Palestina, “Canción de las muñecas”.

martes, 1 de enero de 2008

la gracia me llegó en forma de gato



En una nota de Página 12 del 2004, Juan Gelman cita dos frases geniales de William Burroughs, tomada de sus diarios finales. “La gracia me llegó en forma de gato”, dice la primera. La segunda frase tiene que ver con uno de mis intereses actuales: el dispositivo del amor y de la sexualidad en las sociedades de control. Dice Burroughs que el amor “es mayormente un fraude, una mescolanza de sexo y sentimentalismo que ha sido sistemáticamente vulgarizada y degradada por el virus del poder”.
A mí me fue dada la contemplación de la belleza en la figura de Kirian the cat y sus ojos abiertos a ensoñaciones de Siam; Kirit que levanta silente su patita enguantada, la apoya un segundo en mi rostro y dice, en un gesto único, "oui/non" o cualquier otra cosa intraducible.

jueves, 27 de diciembre de 2007

this night has opened my eyes


This night has opened my eyes. Apuntes para iniciar un nuevo recorrido.

This night has opened my eyes. And I will never sleep again. (The Smiths, “This night has opened my eyes”, BBC Sessions, 1983)

“No sólo hay que escribir para una misma. Hay que escribir también para otros. Para lejanas y desconocidas mujeres que vivirán algún día” (Alexandra Kollontai)

En el prólogo que introduce su recopilación de ensayos Diferencias, Teresa de Lauretis habla de un itinerario, de un recorrido intelectual, personal y político suyo a través del feminismo. En mi caso, deberé ser más modesta. Primero, porque no hay itinerario mío que pueda marcarse con hitos significativos ni en el feminismo ni en ningún otro movimiento. Sólo hay ciertos rastros, pasajes, ritos de iniciación y despedidas que trazan huellas y anuncian otras venideras en pos de una experiencia -o varias- que aún está haciéndose. Y deshaciéndose, como nos recuerda Judith Butler en su última compilación de escritos. Y segundo, porque este es el primer intento de bosquejar algo así como un ensayo. Esto que se escribe no introduce a nada que ya tenga una forma más o menos definida. No da cuenta de un trabajo al que se pueda mirar con orgullo o fastidio, pasible de crítica, sino que quiere ser el comienzo de otra cosa, que aún está por verse.

Por eso el epígrafe, tomado de una canción de The Smiths, que viene a sumarse a las palabras de la Kollontai o a otras grandes y bellas palabras que otra mujer, Virginia Woolf, dejó dichas en Un cuarto propio o en La olas, por mencionar dos de sus obras. Esta noche me ha abierto los ojos. Y temo que si no hago algo al respecto, jamás volveré a dormir tranquila. Por eso lo escribo. Una suerte de mezcla de “impulso narcisista de la auto-afirmación de un sujeto sexuado mujer”, como decía De Lauretis[1], con cierta veleidad intelectual no reñida con un activismo inquieto, impetuoso y pasional. Intento –siempre precario- de mantener los ojos y los oídos abiertos ante las interpelaciones de la realidad. Intento –aunque ínfimo- de iniciar el recorrido de la acción, otra vez y todas las veces que hagan falta.



[1] De Lauretis, Teresa: “Genealogías feministas. Un itinerario personal”. En Diferencias. Edición horas y HORAS, Madrid, 2000.-

martes, 18 de diciembre de 2007

el amor y el occidente


Cuando Occidente, hace ya mucho, descubrió el amor, le acordó suficiente precio como para tornar aceptable la muerte; hoy, el sexo pretende esa equivalencia, la más elevada de todas.

Foucault, Michel: Historia de la sexualidad Tomo I, La voluntad de saber


miércoles, 5 de diciembre de 2007

impetuosa y frágil, ofrecida a las catástrofes


unos fragmentos de "nosotros dos aún" de michaux (1948), traducción sobre la de mattoni que publicó AH y la original.

aquí va entonces:

Lou
Lou
Lou, en el retrovisor de un breve instante
Lou ¿no me ves?
Lou, el destino de estar juntos para siempre
en que tenías tanta fe
¿Y bien?
No vas a ser como las otras que ya nunca más hacen una seña,
sumergidas en el silencio.
No, no debe bastarte a ti una muerte para separarte de tu amor.
En la pompa horrible
que te distancia hasta no sé qué milésima disolución
buscas aún, nos buscas un lugar
Pero tengo miedo
No hemos tomado bastantes precauciones
Debimos haber estado mejor informados,
Alguien me escribe que serás tú, mártir, quien velará por mí ahora.
¡Oh! Lo dudo.
Cuando toco tu fluido tan delicado, demorado en tu cuarto y tus objetos familiares
/que aprieto en mis manos
este fluido tenue al que siempre había que proteger
Oh lo dudo, lo dudo y tengo miedo por ti,
impetuosa y frágil, ofrecida a las catástrofes
Con todo, voy a las oficinas en busca de certificados
dilapidando momentos preciosos
que sería preciso emplear antes que nada entre nosotros, precipitadamente
mientras tiritas
esperando con tu maravillosa confianza que yo venga y te ayude a salir de allí, pensando "seguramente vendrá
Habrá tenido algo que hacer, pero no tardará
Vendrá, lo conozco
No va a dejarme sola
No es posible
No va a dejar sola a su pobre Lou..."

*
Yo no conocía mi vida. Mi vida pasaba a través de ti. Se volvía simple, ese gran asunto complicado. Se volvía simple a pesar de la preocupación.
Tu debilidad, yo era fuerte cuando se apoyaba en mí.

*
Dime, ¿es que verdaderamente no nos encontraremos nunca más?

*
Lou, hablo una lengua muerta, ahora que ya no te hablo. Tus grandes esfuerzos de liana en mí, lo ves, han logrado tener éxito. ¿Lo ves al menos? Es cierto, tú jamás dudaste. Hacía falta un ciego como yo, le hacía falta tiempo, le hacía falta tu larga enfermedad, tu belleza, resurgiendo de la debilidad y de las fiebres, hacía falta esa luz en ti, esa fe, para horadar al fin la pared caprichosa de su autonomía.