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lunes, 1 de noviembre de 2010

el cuerpo utópico



conferencia de Michel Foucault *

Apenas abro los ojos, ya no puedo escapar a ese lugar que Proust, dulcemente, ansiosamente, viene a ocupar una vez más en cada despertar1. No es que me clave en el lugar –porque después de todo puedo no sólo moverme y removerme, sino que puedo moverlo a él, removerlo, cambiarlo de lugar–, sino que hay un problema: no puedo desplazarme sin él; no puedo dejarlo allí donde está para irme yo a otra parte. Puedo ir hasta el fin del mundo, puedo esconderme, de mañana, bajo mis mantas, hacerme tan pequeño como pueda, puedo dejarme fundir al sol sobre la playa, pero siempre estará allí donde yo estoy. El está aquí, irreparablemente, nunca en otra parte. Mi cuerpo es lo contrario de una utopía, es lo que nunca está bajo otro cielo, es el lugar absoluto, el pequeño fragmento de espacio con el cual, en sentido estricto, yo me corporizo.
Mi cuerpo, topía despiadada. ¿Y si, por fortuna, yo viviera con él en una suerte de familiaridad gastada, como con una sombra, como con esas cosas de todos los días que finalmente he dejado de ver y que la vida pasó a segundo plano, como esas chimeneas, esos techos que se amontonan cada tarde ante mi ventana? Pero todas las mañanas, la misma herida; bajo mis ojos se dibuja la inevitable imagen que impone el espejo: cara delgada, hombros arqueados, mirada miope, ausencia de pelo, nada lindo, en verdad. Y es en esta fea cáscara de mi cabeza, en esta jaula que no me gusta, en la que tendré que mostrarme y pasearme; a través de esta celosía tendré que hablar, mirar, ser mirado; bajo esta piel tendré que reventar. Mi cuerpo es el lugar irremediable al que estoy condenado. Después de todo, creo que es contra él y como para borrarlo por lo que se hicieron nacer todas esas utopías. El prestigio de la utopía, la belleza, la maravilla de la utopía, ¿a qué se deben? La utopía es un lugar fuera de todos los lugares, pero es un lugar donde tendré un cuerpo sin cuerpo, un cuerpo que será bello, límpido, transparente, luminoso, veloz, colosal en su potencia, infinito en su duración, desligado, invisible, protegido, siempre transfigurado; y es bien posible que la utopía primera, aquella que es la más inextirpable en el corazón de los hombres, sea precisamente la utopía de un cuerpo incorpóreo. El país de las hadas, el país de los duendes, de los genios, de los magos, y bien, es el país donde los cuerpos se transportan tan rápido como la luz, es el país donde las heridas se curan con un bálsamo maravilloso en el tiempo de un rayo, es el país donde uno puede caer de una montaña y levantarse vivo, es el país donde se es visible cuando se quiere, invisible cuando se lo desea. Si hay un país mágico es realmente para que en él yo sea un príncipe encantado y todos los lindos lechuguinos se vuelvan peludos y feos como osos.
Pero hay también una utopía que está hecha para borrar los cuerpos. Esa utopía es el país de los muertos, son las grandes ciudades utópicas que nos dejó la civilización egipcia. Después de todo, las momias, ¿qué son? Es la utopía del cuerpo negado y transfigurado. La momia es el gran cuerpo utópico que persiste a través del tiempo. También existieron las máscaras de oro que la civilización micénica ponía sobre las caras de los reyes difuntos: utopía de sus cuerpos gloriosos, poderosos, solares, terror de los ejércitos. Existieron las pinturas y las esculturas de las tumbas; los yacientes, que desde la Edad Media prolongan en la inmovilidad una juventud que ya no tendrá fin. Existen ahora, en nuestros días, esos simples cubos de mármol, cuerpos geometrizados por la piedra, figuras regulares y blancas sobre el gran cuadro negro de los cementerios. Y en esa ciudad de utopía de los muertos, hete aquí que mi cuerpo se vuelve sólido como una cosa, eterno como un dios.
Pero tal vez la más obstinada, la más poderosa de esas utopías por las cuales borramos la triste topología del cuerpo nos la suministra el gran mito del alma, desde el fondo de la historia occidental. El alma funciona en mi cuerpo de una manera muy maravillosa. En él se aloja, por supuesto, pero bien que sabe escaparse de él: se escapa para ver las cosas, a través de las ventanas de mis ojos, se escapa para soñar cuando duermo, para sobrevivir cuando muero. Mi alma es bella, es pura, es blanca; y si mi cuerpo barroso –en todo caso no muy limpio– viene a ensuciarla, seguro que habrá una virtud, seguro que habrá un poder, seguro que habrá mil gestos sagrados que la restablecerán en su pureza primigenia. Mi alma durará largo tiempo, y más que largo tiempo, cuando mi viejo cuerpo vaya a pudrirse. ¡Viva mi alma! Es mi cuerpo luminoso, purificado, virtuoso, ágil, móvil, tibio, fresco; es mi cuerpo liso, castrado, redondeado como una burbuja de jabón.
Y hete aquí que mi cuerpo, por la virtud de todas esas utopías, ha desaparecido. Ha desaparecido como la llama de una vela que alguien sopla. El alma, las tumbas, los genios y las hadas se apropiaron por la fuerza de él, lo hicieron desaparecer en un abrir y cerrar de ojos, soplaron sobre su pesadez, sobre su fealdad, y me lo restituyeron resplandeciente y perpetuo.
Pero mi cuerpo, a decir verdad, no se deja someter con tanta facilidad. Después de todo, él mismo tiene sus recursos propios de lo fantástico; también él posee lugares sin lugar y lugares más profundos, más obstinados todavía que el alma, que la tumba, que el encanto de los magos. Tiene sus bodegas y sus desvanes, tiene sus estadías oscuras, sus playas luminosas. Mi cabeza, por ejemplo, mi cabeza: qué extraña caverna abierta sobre el mundo exterior por dos ventanas, dos aberturas, bien seguro estoy de eso, puesto que las veo en el espejo; y además, puedo cerrar una u otra por separado. Y sin embargo no hay más que una sola de esas aberturas, porque delante de mí no veo más que un solo paisaje, continuo, sin tabiques ni cortes. Y en esa cabeza, ¿cómo ocurren las cosas? Y bien, las cosas vienen a alojarse en ella. Entran allí –y de eso estoy muy seguro, de que las cosas entran en mi cabeza cuando miro, porque el sol, cuando es demasiado fuerte y me deslumbra, va a desgarrar hasta el fondo de mi cerebro–, y sin embargo esas cosas que entran en mi cabeza siguen estando realmente en el exterior, puesto que las veo delante de mí y, para alcanzarlas, a mi vez debo avanzar.
Cuerpo incomprensible, cuerpo penetrable y opaco, cuerpo abierto y cerrado: cuerpo utópico. Cuerpo absolutamente visible, en un sentido: muy bien sé lo que es ser mirado por algún otro de la cabeza a los pies, sé lo que es ser espiado por detrás, vigilado por encima del hombro, sorprendido cuando menos me lo espero, sé lo que es estar desnudo; sin embargo, ese mismo cuerpo que es tan visible, es retirado, es captado por una suerte de invisibilidad de la que jamás puedo separarlo. Ese cráneo, ese detrás de mi cráneo que puedo tantear, allí, con mis dedos, pero jamás ver; esa espalda, que siento apoyada contra el empuje del colchón sobre el diván, cuando estoy acostado, pero que sólo sorprenderé mediante la astucia de un espejo; y qué es ese hombro, cuyos movimientos y posiciones conozco con precisión pero que jamás podré ver sin retorcerme espantosamente. El cuerpo, fantasma que no aparece sino en el espejismo de los espejos y, todavía, de una manera fragmentaria. ¿Acaso realmente necesito a los genios y a las hadas, y a la muerte y al alma, para ser a la vez indisociablemente visible e invisible? Y además ese cuerpo es ligero, es transparente, es imponderable; nada es menos cosa que él: corre, actúa, vive, desea, se deja atravesar sin resistencia por todas mis intenciones. Sí. Pero hasta el día en que siento dolor, en que se profundiza la caverna de mi vientre, en que se bloquean, en que se atascan, en que se llenan de estopa mi pecho y mi garganta. Hasta el día en que se estrella en el fondo de mi boca el dolor de muelas. Entonces, entonces ahí dejo de ser ligero, imponderable, etc.; me vuelvo cosa, arquitectura fantástica y arruinada.
No, realmente, no se necesita sortilegio ni magia, no se necesita un alma ni una muerte para que sea a la vez opaco y transparente, visible e invisible, vida y cosa; para que sea utopía basta que sea un cuerpo. Todas esas utopías por las cuales esquivaba mi cuerpo, simplemente tenían su modelo y su punto primero de aplicación, tenían su lugar de origen en mi propio cuerpo. Estaba muy equivocado hace un rato al decir que las utopías estaban vueltas contra el cuerpo y destinadas a borrarlo: ellas nacieron del propio cuerpo y tal vez luego se volvieron contra él.
En todo caso, una cosa es segura, y es que el cuerpo humano es el actor principal de todas las utopías. Después de todo, una de las más viejas utopías que los hombres se contaron a ellos mismos, ¿no es el sueño de cuerpos inmensos, desmesurados, que devorarían el espacio y dominarían el mundo? Es la vieja utopía de los gigantes, que se encuentra en el corazón de tantas leyendas, en Europa, en Africa, en Oceanía, en Asia; esa vieja leyenda que durante tanto tiempo alimentó la imaginación occidental, de Prometeo a Gulliver.
También el cuerpo es un gran actor utópico, cuando se trata de las máscaras, del maquillaje y del tatuaje. Enmascararse, maquillarse, tatuarse, no es exactamente, como uno podría imaginárselo, adquirir otro cuerpo, simplemente un poco más bello, mejor decorado, más fácilmente reconocible; tatuarse, maquillarse, enmascararse, es sin duda algo muy distinto, es hacer entrar al cuerpo en comunicación con poderes secretos y fuerzas invisibles. La máscara, el signo tatuado, el afeite depositan sobre el cuerpo todo un lenguaje: todo un lenguaje enigmático, todo un lenguaje cifrado, secreto, sagrado, que llama sobre ese mismo cuerpo la violencia del dios, el poder sordo de lo sagrado o la vivacidad del deseo. La máscara, el tatuaje, el afeite colocan al cuerpo en otro espacio, lo hacen entrar en un lugar que no tiene lugar directamente en el mundo, hacen de ese cuerpo un fragmento de espacio imaginario que va a comunicar con el universo de las divinidades o con el universo del otro. Uno será poseído por los dioses o por la persona que uno acaba de seducir. En todo caso la máscara, el tatuaje, el afeite son operaciones por las cuales el cuerpo es arrancado a su espacio propio y proyectado a otro espacio.
Escuchen, por ejemplo, este cuento japonés y la manera en que un tatuador hace pasar a un universo que no es el nuestro el cuerpo de la joven que él desea:
“El sol disparaba sus rayos sobre el río e incendiaba el cuarto de las siete esteras. Sus rayos reflejados sobre la superficie del agua formaban un dibujo de olas doradas sobre el papel de los biombos y sobre la cara de la joven profundamente dormida. Seikichi, tras haber corrido los tabiques, tomó entre sus manos sus herramientas de tatuaje. Durante algunos instantes permaneció sumido en una suerte de éxtasis. Precisamente ahora saboreaba plenamente la extraña belleza de la joven. Le parecía que podía permanecer sentado ante ese rostro inmóvil durante decenas y centenas de años sin jamás experimentar ni fatiga ni aburrimiento. Así como el pueblo de Menfis embellecía antaño la tierra magnífica de Egipto de pirámides y de esfinges, así Seikichi con todo su amor quiso embellecer con su dibujo la piel fresca de la joven. Le aplicó de inmediato la punta de sus pinceles de color sostenidos entre el pulgar, el anular y el dedo pequeño de la mano izquierda, y a medida que las líneas eran dibujadas, las pinchaba con su aguja sostenida en la mano derecha”.
Y si se piensa que la vestimenta sagrada, o profana, religiosa o civil hace entrar al individuo en el espacio cerrado de lo religioso o en la red invisible de la sociedad, entonces se ve que todo cuanto toca al cuerpo –-dibujo, color, diadema, tiara, vestimenta, uniforme–, todo eso hace alcanzar su pleno desarrollo, bajo una forma sensible y abigarrada, las utopías selladas en el cuerpo.
Pero acaso habría que descender una vez más por debajo de la vestimenta, acaso habría que alcanzar la misma carne, y entonces se vería que en algunos casos, en su punto límite, es el propio cuerpo el que vuelve contra sí su poder utópico y hace entrar todo el espacio de lo religioso y lo sagrado, todo el espacio del otro mundo, todo el espacio del contramundo, en el interior mismo del espacio que le está reservado. Entonces, el cuerpo, en su materialidad, en su carne, sería como el producto de sus propias fantasías. Después de todo, ¿acaso el cuerpo del bailarín no es justamente un cuerpo dilatado según todo un espacio que le es interior y exterior a la vez? Y también los drogados, y los poseídos; los poseídos, cuyo cuerpo se vuelve infierno; los estigmatizados, cuyo cuerpo se vuelve sufrimiento, redención y salvación, sangrante paraíso.
Realmente era necio, hace un rato, de creer que el cuerpo nunca estaba en otra parte, que era un aquí irremediable y que se oponía a toda utopía.
Mi cuerpo, de hecho, está siempre en otra parte, está ligado a todas las otras partes del mundo, y a decir verdad está en otra parte que en el mundo. Porque es a su alrededor donde están dispuestas las cosas, es con respecto a él –y con respecto a él como con respecto a un soberano– como hay un encima, un debajo, una derecha, una izquierda, un adelante, un atrás, un cercano, un lejano. El cuerpo es el punto cero del mundo, allí donde los caminos y los espacios vienen a cruzarse, el cuerpo no está en ninguna parte: en el corazón del mundo es ese pequeño núcleo utópico a partir del cual sueño, hablo, expreso, imagino, percibo las cosas en su lugar y también las niego por el poder indefinido de las utopías que imagino. Mi cuerpo es como la Ciudad del Sol, no tiene un lugar pero de él salen e irradian todos los lugares posibles, reales o utópicos.
Después de todo, los niños tardan mucho tiempo en saber que tienen un cuerpo. Durante meses, durante más de un año, no tienen más que un cuerpo disperso, miembros, cavidades, orificios, y todo esto no se organiza, todo esto no se corporiza literalmente sino en la imagen del espejo. De una manera más extraña todavía, los griegos de Homero no tenían una palabra para designar la unidad del cuerpo. Por paradójico que sea, delante de Troya, bajo los muros defendidos por Héctor y sus compañeros, no había cuerpo, había brazos alzados, había pechos valerosos, había piernas ágiles, había cascos brillantes por encima de las cabezas: no había un cuerpo. La palabra griega que significa cuerpo no aparece en Homero sino para designar el cadáver. Es ese cadáver, por consiguiente, es el cadáver y es el espejo quienes nos enseñan (en fin, quienes enseñaron a los griegos y quienes enseñan ahora a los niños) que tenemos un cuerpo, que ese cuerpo tiene una forma, que esa forma tiene un contorno, que en ese contorno hay un espesor, un peso, en una palabra, que el cuerpo ocupa un lugar. Es el espejo y es el cadáver los que asignan un espacio a la experiencia profunda y originariamente utópica del cuerpo; es el espejo y es el cadáver los que hacen callar y apaciguan y cierran sobre un cierre –-que ahora está para nosotros sellado– esa gran rabia utópica que hace trizas y volatiliza a cada instante nuestro cuerpo. Es gracias a ellos, es gracias al espejo y al cadáver por lo que nuestro cuerpo no es lisa y llana utopía. Si se piensa, empero, que la imagen del espejo está alojada para nosotros en un espacio inaccesible, y que jamás podremos estar allí donde estará nuestro cadáver, si se piensa que el espejo y el cadáver están ellos mismos en un invencible otra parte, entonces se descubre que sólo unas utopías pueden encerrarse sobre ellas mismas y ocultar un instante la utopía profunda y soberana de nuestro cuerpo.
Tal vez habría que decir también que hacer el amor es sentir su cuerpo que se cierra sobre sí, es finalmente existir fuera de toda utopía, con toda su densidad, entre las manos del otro. Bajo los dedos del otro que te recorren, todas las partes invisibles de tu cuerpo se ponen a existir, contra los labios del otro los tuyos se vuelven sensibles, delante de sus ojos semicerrados tu cara adquiere una certidumbre, hay una mirada finalmente para ver tus párpados cerrados. También el amor, como el espejo y como la muerte, apacigua la utopía de tu cuerpo, la hace callar, la calma, y la encierra como en una caja, la clausura y la sella. Por eso es un pariente tan próximo de la ilusión del espejo y de la amenaza de la muerte; y si a pesar de esas dos figuras peligrosas que lo rodean a uno le gusta tanto hacer el amor es porque, en el amor, el cuerpo está aquí.
1 La recuperación del cuerpo en el proceso del despertar es un tema recurrente en la obra de Marcel Proust. (N. de la R.)
* La conferencia “El cuerpo utópico”, de 1966, integra el libro El cuerpo utópico. Las heterotopías, de reciente aparición (ed. Nueva Visión).

sábado, 20 de marzo de 2010

más que decir sobre Foucault



Paul Veyne rechaza, en su último libro, la imagen del Foucault militante y combativo: "La revolución y la sociedad ideal le parecían pamplinas"
Por: Roger-pol Droit

Alterar los preconceptos es un deporte en el que Paul Veyne se destaca. Ya sea que se interese por los juegos del circo de Roma, las formas de creencia de los griegos, los poemas de René Char o el advenimiento del cristianismo, este historiador inclasificable, lector de Nietzsche, no es sólo un estudioso de una erudición deslumbrante. Es también un hombre de un lenguaje intenso, de una franqueza voluntariamente provocadora y muchas veces intempestiva. A nadie le sorprenderá, por lo tanto, que el retrato que traza de su amigo Michel Foucault sea poco convencional.
Se vieron por primera vez en 1954. Veyne, alumno de l'Ecole Normale en la rue d'Ulm, tenía entonces 24 años. Foucault, con apenas más de treinta, ya era no obstante "caimán", o sea tutor, y pertenecía, pese a la escasa diferencia de edad, al mundo de los maestros. Durante mucho tiempo, sus respectivas estadías en el extranjero los mantuvieron alejados. Foucault estuvo en Suecia, en Polonia, en Túnez, Veyne e n Roma. Recién volvieron a encontrarse en la década de 1970....en el Collège de France.
Paul Veyne admite que no captó enseguida los objetivos del trabajo de Foucault. "Había leído sus libros pero no había entendido el alcance que tenían. Cuando fui a escuchar uno de sus cursos de pronto vislumbré la perspectiva que abría. De golpe, comprendí que Foucault inauguraba ese análisis más profundo de la historia que yo buscaba desde hacía tiempo. Entonces, volví a casa y me puse a leer a Nietzsche. Una noche, Foucault me llama a Aix por no sé qué razón y le digo: Hice un gran descubrimiento: me puse a leer a Nietzsche . –Lo que te interesa, me dice, es el Nietzsche de Deleuze. Y yo: No, porque el libro de Deleuze tiene una falla: ¡no plantea el problema de la verdad! Esa frase provocó en él una especie de flechazo. Me había convertido para él en el único historiador que había vislumbrado que la cuestión suprema de la historia era la verdad. Entonces nos hicimos amigos....
"Bastante "amigos" para que Paul Veyne, notoriamente heterosexual , haya sido proclamado por Foucault " homosexual de honor " e invitado a las discusiones que organizaba en su departamento de la rue de Vaugirard. Sería un error, sin embargo, pasar demasiado rápido de la homosexualidad a la subversión política.
Habiendo observado a Foucault de cerca y hablado muchas veces con él sobre sus decisiones militantes, Veyne rechaza categóricamente la leyenda de un Foucault "revolucionario" en el sentido aceptado del término.
Para él, la imagen de un filósofo rebelde, subversivo, con el espíritu del '68, izquierdista, resuelto a hacer borrón y cuenta nueva con el pasado y terminar con el viejo mundo es isa y llanamente falsa. Ese mito es, no obstante, fuerte en los Estados Unidos, y no está ausente de la imaginación europea. Fue forjado sobre todo a partir del paso de Michel Foucault por la universidad de Vincennes y su participación en el Grupo de información sobre las cárceles, pero según Veyne, no se ajusta a la realidad.
"Foucault no imaginaba la revolución. Nunca lo oí hablar de la sociedad burguesa o de la explotación capitalista , ¡jamás! Para él, esos términos no existían. Era un mundo de ideas que le resultaba totalmente ajeno. De hecho, la revolución o incluso la sociedad ideal , todas esas generalidades vagas no le interesaban en absoluto. Le parecían pamplinas y tonterías. Un día –sigue el relato de Veyne – Foucault me dijo: En Vincennes viví en una banda donde estaban todos medio locos. No obstante, en esa universidad experimental , lo creían igual a ellos. Por eso mismo no entendían por qué Foucault se negaba a que se graduaran todos los estudiantes o por qué no iba a hacer redadas a los supermercados. Los de Vincennes consideraban que esos eran ciertos caprichos de él. Ellos no entendían sus comportamientos, que para ellos eran inexplicables".
Aquí, una objeción: Foucault se comprometió en un montón de acciones, participó activamente en una larga serie de luchas. No se contentaba con escribir o firmar peticiones, se lo veía en manifestaciones, en reuniones de protesta, en la puerta de las cárceles o los tribunales. ¿Eso no era una actividad revolucionaria? Respuesta: "No, porque nunca era por motivos abstractos o generales, organizados siguiendo un plan de conjunto. Se comprometía siempre vez a vez, en función de sus indignaciones, por causas que lo habían conmovido personalmente. Lo que lo decidía, siempre era una reacción afectiva a un punto en particular. En definitiva, tenía un lado justiciero".
De todos modos, genera cierto malestar pensar que no existió en esa multiplicidad de acciones nada más que una sucesión de buenas obras inconexas, dictadas por la emoción del día. ¿No existía ninguna unidad, realmente?¿Ningún denominador común? "Su pasión era indudablemente la defensa de los malditos. Ya fueran locos maltratados o presos de los cuarteles de alta seguridad, era sensible a lo que afectaba, de cerca o de lejos, la vida de los 'hombres infames'. Un día que yo estaba haciendo un programa sobre los gladiadores, quiso venir. Quería explicar cómo esos luchadores ocupaban en Roma un lugar a la vez glorificado y maldito".
La mirada de Paul Veyne sobre la vida y la obra de Michel Foucault reserva otras sorpresas. El principio fundamental de la obra foucaldiana sería el escepticismo y no la voluntad de subversión. Guerrero,samurai, enemigo acérrimo de nuestras ilusiones, Foucault estaría muy alejado de la figura familiar del auténtico intelectual de izquierda. Un poco antes de su muerte, después de la llegada de François Mitterrand al poder, aparentemente había proyectado incluso un libro contra los socialistas franceses. ¿Y por qué razón?"Por odio a Mitterrand. Me explicó cómo demostraría el libro que los socialistas no tienen ninguna política constituida. Sus únicas consignas son las reivindicaciones de su clientela electoral. De la sociedad francesa,igual que de las relaciones internacionales, no tienen idea y nunca la tuvieron ".
Este Foucault sarcástico y escéptico, tan poco ilusionado con la gran revolución, con tanto odio por el partido socialista,¿no resultará chocante?"¡Sería una lástima que un intempestivo no ofendiera a nadie! "

lunes, 1 de febrero de 2010

Foucault y la ley del pudor



Traducciones temblorosas: Foucault y La ley del pudor*
Por Laura Contrera
http://www.pidoperdonzine.blogspot.com/

En la obra de Foucault la esencia de toda verdad y de toda institución se devela prepotente y artera y la única salida que le resta a las víctimas es la contra-estrategia, la fuga o la mutación. Por eso mismo, leemos una obra que ha sido escamada con paciencia de escéptico y con singulares móviles libertarios.
Christian Ferrer

La loi de la pudeur (La ley del pudor) es el título con el que se conoce una entrevista radial en la que intervino Foucault junto a Jean Danet y Guy Hocquenghem en 1978, publicada en la revista Recherches #37, de abril de 1979, Fous d’enfance, pp. 69-82 y más tarde en Dits et écrits 1976-1979. Tomo III. París: Gallimard, pp. 766-776 (1994). Casi imposible de conseguir en castellano, no aparece tampoco en la web en su idioma original sino en la traducción al inglés[1]. Opera una llamativa censura sobre esta entrevista. Pero el ocultamiento tiene una razón: aun pasados treinta años, la defensa de la abolición de las leyes francesas de edad de consentimiento resulta urticante incluso para especialistas que se autodenominan foucaultianos[2]. Foucault, la infancia y el pudor: una relación peligrosa, inconveniente, que, al parecer, implica también un acercamiento pudoroso.

Esta traducción quiere ser solamente un aporte para la discusión de un tema delicado, susceptible de infinitas (mal) interpretaciones. Quizá sería necesario y deseable añadir a la breve introducción que se hizo en Francia para contextualizar históricamente la discusión algunas nociones más recientes sobre relaciones intergeneracionales, pedofilia y abuso infantil, entre otras cuestiones. Evitaríamos de esta forma sumar confusión. Pero excede al espacio y a mi capacidad de síntesis tal añadido. Por eso, simplemente voy a remarcar el hecho de que estas intervenciones en la entrevista no son siquiera la última palabra de Foucault sobre el tema. Especialistas como Eric Fassin[3] han realizado interesantes críticas a muchos de los conceptos vertidos por Foucault en esta emisión radial. Más allá de estas consideraciones, me parece que el silencio nunca es un buen comienzo para la acción. Menos aún el silenciamiento de pensamientos y experiencias pasadas. Porque el padecimiento individual importa y no puede ser un mudo residuo de políticas generales. Y también porque este padecimiento siempre está inscripto en un horizonte más amplio: el de los dispositivos de poder que así nos producen, perpetradores de violencias o padecientes de ella, pero que también permiten la posibilidad de establecer relaciones éticas entre las personas, un tema al que Foucault le dedicó gran parte de las investigaciones de sus últimos años. Tener en cuenta este horizonte implica incluir esta entrevista silenciada, de la que intentaré recuperar algunos párrafos, útiles para iniciar una reflexión sobre nuestras sexualidades infantiles avasalladas.

No soy traductora, apenas leo el francés de corrido y ha sido un esfuerzo tratar de acercarles estas palabras de Foucault. Seguramente buenxs traductorxs del francés o del inglés tendrán algún día la deferencia de hacer circular la traducción completa de la entrevista radial, con todas las intervenciones de los presentes incluidas. Hasta ese entonces, espero que esta aproximación sirva al menos para incitar la curiosidad, alentar el pensamiento y mover a la acción. Aquí van entonces estas traducciones temblorosas para discutir, disentir y pensar con Foucault, una de las mentes más lúcidas del pasado siglo.

La ley del pudor

El Parlamento trabajaba en la revisión de las disposiciones del Código Penal concernientes a la sexualidad y a la infancia. La comisión de reforma del Código Penal había consultado a Foucault, tan atento a las conflictivas tesis sostenidas por los diferentes movimientos de liberación: las mujeres querían la criminalización de la violación; los homosexuales, la descriminalización de la homosexualidad; lesbianas y pedófilos se enfrentaban entre sí como se enfrentaban a los psicoanalistas en torno a la noción de peligro asociada a la sexualidad. M. Foucault defendió ante la Comisión algunos de los argumentos de la Carta Abierta sobre la revisión de la ley de delitos sexuales en lo concerniente a los menores. Finalmente, en junio de 1978, el Senado votaba la supresión de la discriminación entre actos homosexuales y heterosexuales. El atentado al pudor sin violencia hacia un menor de quince años, cualquiera sea su sexo, que estaba correccionalizado, ahora era pasible de audiencias en lo criminal. Guy Hocquenghem, escritor, fundador del Frente Homosexual de Acción Revolucionaria (F.H.A.R.), había tomado en el otoño de 1977 con René Scherer, profesor en el Departamento de Filosofía de Vincennes, la iniciativa de una carta abierta sobre la revisión de la ley de delitos sexuales en lo concerniente a los menores, firmada notablemente por Françoise Dolto, psicoanalista de niños y cristiana. Esta carta demandaba una revisión radical del derecho en materia sexual y de legislación sobre la infancia.

Intervenciones de Foucault en la emisión radial:

Si nosotros tres aceptamos participar en esta emisión (que fue arreglada muchos meses atrás), es por la siguiente razón. Una evolución tan larga, tan masiva, y que, a primera vista, parecía irreversible, podía hacer esperar que el régimen legal impuesto a las prácticas sexuales de nuestros contemporáneos fuera por fin a detenerse y dislocarse. Un régimen que no es tan antiguo, ya que el Código Penal de 1810 (1) no decía gran cosa sobre la sexualidad, como si la sexualidad no debiera concernirle a la ley; es solamente a lo largo del siglo XIX, y sobre todo en el XX, en la época de Pétain y al momento de la enmienda Mirguet (1960) (2), que la legislación de la sexualidad ha devenido cada vez más opresiva. Después de una decena de años, podemos constatar en las costumbres y en la opinión un movimiento para hacer evolucionar ese régimen legal. Asimismo, se ha reunido una comisión de reforma del derecho penal existente que tiene por tarea redactar a nuevo un número de artículos fundamentales del Código Penal. Y esta comisión ha efectivamente admitido, debo decirlo, con mucha seriedad, no solamente la posibilidad sino la necesidad de cambiar la mayor parte de artículos que rigen, en la legislación actual, el comportamiento sexual. Esta comisión, que se reúne todavía desde hace ya varios meses, ha proyectado esta reforma sobre la legislación sexual en el curso del mes de mayo y junio pasados. Y creo que las propuestas que ella contaba con hacer eran de esas que podemos llamar liberales. Ahora bien, parece que, después de un cierto número de meses, un movimiento en sentido inverso está en tren de perfilarse, un movimiento que es inquietante. En principio, porque no se produce solamente en Francia. Miren lo que pasa, por ejemplo, en los Estados Unidos, con la campaña que Anita Bryant[4] ha lanzado contra los homosexuales, que está a punto de rozar el llamado al asesinato. Es un fenómeno que se puede ver en Francia. Pero en Francia se lo constata a través de ciertos hechos particulares, puntuales, de los cuales hablaremos en su momento (Jean Danet y Guy Hocquenghem darán sin duda ejemplos), pero que parecen indicar que, tanto en la práctica policial como en la jurisprudencia, se ha vuelto más bien a posiciones duras, posiciones estrictas. Y ese movimiento que se constata en la práctica policial y judicial está lamentablemente apoyado muy seguido por campañas de prensa, o por un sistema de información manejado desde la prensa. Es entonces en esta situación -movimiento global que tiende al liberalismo, seguido por un fenómeno de reacción, contragolpe, freno -tal vez el mismo inicio del proceso inverso- que nosotros debemos discutir esta noche.

Me parece en efecto que se llega acá a un punto importante. Si es verdad que se está en una mutación, sin duda no es cierto que esa mutación favorecerá un aligeramiento real de la legislación sobre sexualidad. Jean Danet lo ha indicado: durante todo el siglo XIX se ha acumulado poco a poco, no sin un montón de dificultades, una legislación muy pesada. Ahora bien, esta legislación de todos modos se caracterizaba por no poder jamás ser capaz de decir exactamente que era eso que castigaba. Los atentados se castigan, pero el atentado jamás fue definido. Se castigan los ultrajes, jamás se ha sabido que era un ultraje. La ley estaba destinada a defender el pudor, jamás se ha sabido que era el pudor. Prácticamente, cada vez que había que justificar una intervención legislativa sobre la sexualidad, se invocaba el derecho al pudor. Y se puede decir que toda la legislación sobre la sexualidad, tal como ha sido planteada desde el siglo XIX en Francia, es un ensamble de leyes sobre el pudor. Es cierto que este aparato legislativo, que apunta a un objeto no definido, no ha sido utilizado sino en los casos considerados tácticamente útiles. En efecto, estuvo toda la campaña contra los profesores de primaria. Hubo en un momento dado una utilización contra el clero. Hubo una utilización de esta legislación para regular los fenómenos de prostitución de niños, que han sido tan importantes durante todo el siglo XIX, entre 1830 y 1880. Ahora nos damos cuenta que ese instrumento, que tiene por ventaja la flexibilidad, ya que su objeto no está definido, no puede por lo tanto subsistir ya que esas nociones de pudor, ultraje, atentado, pertenecen a un sistema de valores, de cultura, de discurso; en la explosión pornográfica y los beneficios que comporta, en toda esa nueva atmósfera, no es más posible emplear esas palabras y hacer funcionar la ley sobre esas bases. Pero eso que se delinea, el motivo por lo cual yo creo que es importante, en efecto, hablar del problema de los niños, eso que se delinea es un nuevo sistema penal, un nuevo sistema legislativo que se dará por función no tanto castigar lo que sería una infracción a esas leyes generales del pudor sino proteger las poblaciones o esas partes de la población consideradas como particularmente frágiles. Es decir que el legislador no justificará las medidas que proponga diciendo: ‘Hace falta defender el pudor universal de la humanidad’, sino que dirá: ‘Hay personas para las cuales la sexualidad de otros puede devenir un peligro permanente’. De esta manera, los niños pueden encontrarse a merced de una sexualidad adulta que les será extraña, y con un gran riesgo de resultarles nociva. De ahí una legislación que apela a esta noción de población frágil, poblaciones de alto riesgo como se dice, y a todo un saber psiquiátrico o psicológico empapado de un psicoanálisis de buena o mala calidad, poco importa en el fondo; y eso dará a los psiquiatras el derecho a intervenir dos veces. Primeramente, en términos generales, por decir: si, muy cierto, la sexualidad infantil existe, no volvamos más a esas viejas quimeras que nos hacían creer que el niño era puro y no sabía que era la sexualidad. Pero nosotros psicólogos, o psicoanalistas, o psiquiatras, pedagogos, sabemos perfectamente que la sexualidad del niño es una sexualidad específica, que tiene sus formas propias, sus tiempos de maduración, sus momentos fuertes, sus pulsiones específicas, igualmente sus latencias. Esta sexualidad del niño es un territorio que tiene su geografía propia donde el adulto no debe penetrar. Tierra virgen, territorio sexual ciertamente, pero una tierra que debe guardar su virginidad. Él intervendrá entonces como aval, como garante de esta especificidad de la sexualidad infantil, para protegerla. Y por otra parte, en cada caso particular, dirá: he aquí que un adulto ha venido a mezclar su sexualidad con la sexualidad de un niño. Tal vez el niño con su sexualidad propia ha podido desear a ese adulto, tal vez incluso ha consentido, tal vez él mismo ha dado los primeros pasos. Se admitirá que es él quien ha seducido a un adulto; pero nosotros, con nuestro saber psicológico, sabemos perfectamente que incluso el niño seductor peligra y en todos los casos va a sufrir un cierto daño y un traumatismo a partir del hecho de tener una relación con un adulto. En consecuencia, es necesario proteger al niño de sus propios deseos, desde el momento en que sus deseos lo orientarían hacia un adulto. Es el psiquiatra quien podrá decir: ‘Puedo predecir que un trauma de tal o tal importancia se va a producir a continuación de tal o tal tipo de relaciones’. Consecuentemente, al interior del nuevo cuadro legislativo destinado esencialmente a proteger ciertas fracciones frágiles de la población, la instauración de un poder médico, que será fundado sobre una concepción de la sexualidad, y sobre todo de las relaciones entre sexualidad infantil y adulta, que es enteramente discutible

No voy ciertamente a resumir todo lo que se ha dicho. Creo que Hocquenghem ha mostrado bien eso que estaba en tren de nacer actualmente con respecto a estas clases de población que se debe proteger. Por un lado, hay una infancia que por su naturaleza misma está en peligro, y que se debe proteger contra todo peligro posible y en consecuencia, de todo acto o todo ataque eventual. Y enfrente, vamos a tener individuos peligrosos, el individuo peligroso va a ser el adulto en general, de suerte que en el nuevo dispositivo que está por ponerse en marcha la sexualidad va a tomar una apariencia totalmente distinta a la que tenía en otro tiempo. Antes, las leyes prohibían un cierto número de actos, actos por lo demás tan numerosos que no se llegaba saber bien lo que eran, pero finalmente era a esos actos que la ley se dirigía. Se condenaban formas de conducta. Ahora, lo que estamos en tren de definir, y lo que, por consecuencia, va a encontrarse fundado por la intervención de la ley, del juez, de la medicina, son los individuos peligrosos. Vamos a tener una sociedad de peligros, con aquellos que están en peligro en una parte, y los que son peligrosos en la otra. Y la sexualidad no será más una conducta con algunas interdicciones precisas, sino una especie de peligro errante, una suerte de fantasma omnipresente, un fantasma que va jugando entre hombres y mujeres, niños y adultos, y eventualmente, entre los mismos adultos, etc. La sexualidad se volverá una amenaza en todas las relaciones sociales, en toda relación entre miembros de diferentes grupos de edad, en toda relación entre individuos. Y es sobre esa sombra, sobre ese fantasma, sobre ese miedo que el poder intentará tomar presa a través de una legislación aparentemente generosa y en todo caso general y gracias a una serie de intervenciones puntuales que serán probablemente las instituciones judiciales apoyadas sobre las instituciones médicas. Y tendremos allí un nuevo régimen de control de la sexualidad; aunque en la segunda mitad del siglo XX esté en efecto descriminalizada, pero sólo para aparecer bajo la forma de un peligro, y un peligro universal, he aquí un cambio considerable. Yo diría que es El peligro.

Intervenciones de Foucault en el debate final:

Sí, es difícil fijar barreras. Una cosa es el consentimiento, otra cosa es la posibilidad que tiene un niño de ser creído cuando, hablando de sus relaciones sexuales o de su afecto, de su ternura, o de sus contactos (el adjetivo sexual es a menudo molesto en estos casos, porque no corresponde a la realidad), otra cosa pues es la capacidad que se le reconozca al niño de explicar cuales son sus sentimientos, qué es lo que le ha pasado, y la credibilidad que se le acuerde. Ahora bien, en cuanto a los niños, les suponemos una sexualidad que no puede jamás dirigirse hacia un adulto y eso es todo. En segundo lugar, se supone que no son capaces de hablar sobre ellos mismos en un modo suficientemente lúcido. Que tienen una insuficiente capacidad de expresión para explicar lo que hay en ellos. Entonces no se les cree. No se los cree susceptibles de sexualidad y no se les cree susceptibles de hablar acerca de ella. Pero, después de todo, escuchar al niño, oírle hablar, oírle explicar cómo han sido efectivamente sus relaciones con alguien, adulto o no; siempre y cuando se escuche con la suficiente empatía, debe poder permitir establecer aproximadamente cuál fue el régimen de violencia o de consentimiento al que ha sido sometido. Asumir que un niño es incapaz de explicar lo que pasó y que, a partir del hecho de que es un niño, fue incapaz de dar su consentimiento, son dos abusos intolerables, francamente inaceptables.

El siguiente párrafo fue tomado de la versión en inglés:

En todo caso, una barrera de edad fijada por la ley no tiene mucho sentido. De nuevo, se puede confiar en el niño cuando dice que ha sido sujeto, o no, a la violencia. Un magistrado, un liberal, me dijo una vez que estábamos discutiendo esta cuestión: después de todo, hay chicas de 18 años que son prácticamente forzadas a tener sexo con su padre o padrastro; ellas pueden tener 18, pero es un intolerable sistema de coacción. Y una vez más, que ellos sienten que es intolerable, si sólo la gente estuviera dispuesta a escucharlos y ponerlos en una posición en la que puedan decir lo que sienten.


Notas (tomadas de la traducción inglesa):
(1) Código de 1810: Parte del Código de Napoléon. Este grupo de 485 artículos define crímenes, ofensas y delitos menores, así como también los castigos correspondientes. Promulgado el 12 de Febrero de 1810.
(2) La enmienda Mirguet se promulgó el 18 de julio de 1960 como enmienda al artículo 38 de la Constitución francesa de 1958 (4 de octubre de 1958). Declaraba la necesidad de combatir toda amenaza a la higiene pública y específicamente nombra la tuberculosis, el cáncer, el alcoholismo, la prostitución y la homosexualidad como objetos de ataque.

[1] A finales de marzo de 2008 consigo en internet la entrevista (en francés), gracias a un blog que, al poco tiempo, la retiró de circulación. Por esa razón esta traducción se completó con las versiones disponibles en inglés.
[2] Esto lo ha trabajado Rodolfo Omar Serio en su ponencia ¿Qué diría Foucault? Relatos de efebofilia en el canal de chat #gayargentina. Señala Serio que “los años que comprenden desde el Mayo francés hasta principios de los ’80 constituyeron una verdadera vanguardia en materia de moral sexual: en una solicitada de 1977 publicada por Le Monde, pueden leerse las firmas de Barthes, Simone de Beauvoir, Copi, Deleuze, Guattari, Lyotard y Sartre, entre muchos otros intelectuales que exigían la liberación de tres hombres detenidos por mantener relaciones sexuales con menores. En el texto se calificaba la ley de anticuada (désuet)”.
http://www.iigg.fsoc.uba.ar/jovenes_investigadores/4jornadasjovenes/EJES/Eje%201%20Identidades%20Alteridades/Ponencias/SERIO,%20Rodolfo.pdf
[3] Ver al respecto el texto de este autor Somnolencia de Foucault. Violencia sexual, consentimiento y poder, originalmente publicado en Prochoix, dossier “Harcèlement contre consentement”,
núm. 21, verano de 2002, pp. 106-119, disponible en http://revistas.colmex.mx/revistas/8/art_8_1187_9097.pdf
Podemos leer allí que “Durante una entrevista radiofónica con Guy Hocquenghem y Jean Danet, en 1978, el filósofo abandona su habitual vigilancia para pensar según el espíritu de la época, al unísono con sus interlocutores. En efecto, ante el nuevo control de la sexualidad que se establece en ese entonces, Foucault recusa la idea misma de una edad legal para el consentimiento sexual: De cualquier manera, no tiene mucho sentido que la ley fije una barrera de edad. Una vez más, podemos confiar en que el niño diga si sufrió o no un maltrato (Foucault, 1978:776). El problema no consiste tanto en que, una generación después, nuestra sensibilidad moral y política, mejor informada sobre los peligros de la pedofilia, se vea ofendida por semejante falta de preocupación. Más bien, lo que nos sorprende es que, por una vez, el filósofo confíe en las evidencias de la sensatez, o más precisamente del sentido común, de los partidarios de la liberación sexual”.
[4] Se puede ver al respecto el film de Gus Van Sant Milk (2008).

*Gracias a Ile que me ayudó con el toque final que me faltaba de la versión en inglés. Y a todxs los que leyeron y comentaron conmigo este texto y su traducción temblorosa.

lunes, 9 de noviembre de 2009

zu atrapatu arte, Foucault!



Entiendo por humanismo el conjunto de discursos mediante los cuales se le dice al hombre occidental: “si bien tú no ejerces el poder, puedes sin embargo ser soberano. Aún más: cuanto más renuncies a ejercer el poder y cuanto más sometido estés a lo que se te impone, más serás soberano”. El humanismo es lo que ha inventado paso a paso estas soberanías sometidas que son: el alma (soberana sobre el cuerpo, sometida a Dios), la conciencia (soberana en el orden del juicio, sometida al orden de la verdad), el individuo (soberano titular de sus derechos, sometido a las leyes de la naturaleza o a las reglas de la sociedad), la libertad fundamental (interiormente soberana, exteriormente consentidora y "adaptada" a su destino). En suma, el humanismo es todo aquello a través de lo cual se ha obstruido el deseo de poder en Occidente -prohibido querer el poder, excluida la posibilidad de tomarlo-. En el corazón del humanismo está la teoría del sujeto (en el doble sentido del término). Por esto Occidente rechaza con tanto encarnizamiento todo lo que puede hacer saltar este cerrojo. Y este cerrojo puede ser atacado de dos maneras. Ya sea por un "des-sometimiento" de la voluntad de poder (es decir por la lucha política en tanto lucha de clase), ya sea por un trabajo de destrucción del sujeto como pseudo-soberano (es decir mediante en ataque "cultural": supresión de tabús, de limitaciones y de separaciones sexuales; práctica de la existencia comunitaria; desinhibición respecto a la droga; ruptura de todas las prohibiciones y de todas las cadenas mediante las que se reconstruye y se reconduce la individualidad normativa). Pienso sobre esto en todas experiencias que nuestra civilización ha rechazado o no ha admitido más que como elemento literario.-

Michel Foucault

viernes, 25 de septiembre de 2009

Foucault x 3 (2 videos y un texto controvertido)



¿ES INÚTIL SUBLEVARSE?
«Inutile de se soulever?», en Le Monde, n° 10.661, 11-12 de mayo de 1979, págs. 1-2.
«Para que el sha se vaya, estamos dispuestos a morir a milla­res», decían los iraníes, el verano pasado. Y el ayatolá, estos días: «Que sangre Irán, para que la revolución sea fuerte».
Extraño eco entre estas dos frases que parecen encadenarse. ¿El horror de la segunda condena la embriaguez de la primera?
Las sublevaciones pertenecen a la historia. Pero, en cierto modo, se le escapan. El movimiento mediante el cual un solo hombre, un grupo, una minoría o un pueblo entero dice: «no obedezco más», y arroja a la cara de un poder que estima injusto el riesgo de su vida —tal movimiento me parece irreductible—. Y ello porque ningún poder es capaz de tornarlo absolutamente imposible: Varsovia siempre tendrá su gueto sublevado y sus cloacas pobladas de insur­gentes. Y también porque el hombre que se alza carece finalmente de explicación; hace falta un desgarramiento que interrumpa el hilo de la historia, y sus largas cadenas de razones, para que un hombre pueda «realmente» preferir el riesgo de la muerte a la cer­teza de tener que obedecer.
Todas las formas de libertad adquiridas o reclamadas, todos los derechos que se hacen valer, incluso los relativos a cosas aparente­mente menos importantes tienen, sin embargo, ahí un último punto de anclaje, más sólido y más próximo que los «derechos naturales». Si las sociedades se mantienen y viven, es decir, si los poderes no son en ellas «absolutamente absolutos», es porque, tras todas las acepta­ciones y las coerciones, más allá de las amenazas, de las violencias y de las persuasiones, cabe la posibilidad de ese movimiento en el que la vida ya no se canjea, en el que los poderes no pueden ya nada y en el que, ante las horcas y las ametralladoras, los hombres se sublevan.
Puesto que es así «fuera de la historia» y en la historia, dado que cada cual allí se las ve en la vida y en la muerte, se comprende por qué las sublevaciones han podido encontrar tan fácilmente su expresión y su dramaturgia en las formas religiosas. Promesa del más allá, retorno del tiempo, espera del salvador o del imperio de los últimos días, reino por completo del bien, todo esto ha consti­tuido durante siglos, allí donde la forma de la religión se prestaba a ello, no un ropaje ideológico, sino la manera misma de vivir las sublevaciones.
Llegó la era de la «revolución». Desde hace dos siglos, ésta ha do­minado la historia, ha organizado nuestra percepción del tiempo, ha polarizado las esperanzas. Ha constituido un gigantesco esfuerzo por aclimatar la sublevación en el interior de una historia racional y dominable: la revolución le ha dado una legitimidad, ha hecho la se­lección de sus buenas y malas formas, ha definido las leyes de su de­sarrollo; le ha fijado condiciones previas, objetivos y maneras de cumplirse. Se ha definido, incluso, la profesión de revolucionario. Al repatriar de este modo la sublevación, se ha pretendido hacerla aparecer en su verdad y conducirla hasta su término real. Maravi­llosa y temible promesa. Algunos dirán que la sublevación se ha en­contrado colonizada en la Real-Politik. Otros, que se le ha abierto la dimensión de una historia racional. Yo prefiero la pregunta que Horckheimer planteaba en otra ocasión, pregunta ingenua, y un poco febril: «Pero, ¿es, pues, tan deseable, esta revolución?».
Enigma de la sublevación. Para quien buscaba en Irán, no las «razones profundas» del movimiento, sino la manera en que era vi­vido, para quien intentaba comprender lo que pasaba en la cabeza de estos hombres y de estas mujeres cuando arriesgaban su vida, una cosa resultaba chocante. Su hambre, sus humillaciones, su odio al régimen y su voluntad de derribarlo les inscribían en los confines del cielo y de la tierra, en una historia soñada que era tan religio­sa como política. Se enfrentaban a los Pahlavi en una partida en la que para cada uno estaba en juego su vida y su muerte, pero también estaban en juego sacrificios y promesas milenarias. Y hasta tal punto, que las famosas manifestaciones, que jugaron un papel tan importante, podían a la vez responder realmente a la amenaza del ejército (hasta paralizarlo), desarrollarse según el ritmo de las ceremonias religiosas y, finalmente, remitir a una dramaturgia intemporal en la que el poder es siempre maldito. Extraña superposición que hacía surgir en pleno siglo XX un mo­vimiento lo suficientemente fuerte como para derribar al régimen en apariencia mejor armado, mientras que estaba extremadamente próximo a los viejos sueños que Occidente conoció en otro tiempo, cuando se querían inscribir las figuras de la espiritualidad en el suelo de la política.
Dos años de censura y de persecución, una clase política orilla­da, partidos prohibidos, grupos revolucionarios diezmados: ¿sobre qué, sino sobre la religión, podían apoyarse el desasosiego y des­pués la rebelión de una población traumatizada por el «desarro­llo», la «reforma», la «urbanización» y todos los otros fracasos del régimen? Es verdad, pero, ¿cabía esperar que el elemento religioso se borrara enseguida en provecho de fuerzas más reales y de ideo­logías menos «arcaicas»? Sin duda no, y por varias razones.
En primer lugar, el rápido éxito del movimiento, el acomodo en la forma que había tomado. Estaba, a su vez, la solidez institucio­nal de un clérigo cuyo imperio sobre la población era fuerte; y sus ambiciones políticas, vigorosas. Se daba todo el contexto del mo­vimiento islámico: por las posiciones estratégicas que ocupa, las claves económicas que detentan los países musulmanes, y su pro­pia fuerza de expansión en dos continentes, se constituye, en torno a Irán, una realidad intensa y compleja. Hasta el punto de que los contenidos imaginarios de la rebelión no se disiparon a la luz de la revolución. Fueron inmediatamente transpuestos en una escena política que parecía completamente dispuesta a recibirlos pero que, de hecho, era por completo de otra naturaleza. Sobre esta es­cena se mezclan lo más importante y lo más atroz: la formidable esperanza de volver a hacer del islam una gran civilización viva, y formas de xenofobia virulenta; los envites mundiales y las rivalida­des regionales, Y el problema de los imperialismos. Y la sujeción de las mujeres, etc.
El movimiento iraní no ha sufrido esta «ley» de las revoluciones que, según parece, haría aflorar bajo el entusiasmo ciego la tira­nía que ya en secreto las habitaba. Lo que constituía la parte más in­terior y más intensamente vivida de la sublevación afectaba sin intermediario a un tablero político sobrecargado. Pero este contac­to no es identidad. La espiritualidad a la que se referían los que iban a morir no tiene parangón con el gobierno sangriento de un elegido integrista. Los religiosos iraníes quieren autentificar su ré­gimen mediante las significaciones que tenía la sublevación. No se hace otra cosa que la que hacen ellos descualificando el hecho de la sublevación porque hoy haya un gobierno de mulás. Tanto en un caso como en otro, hay «miedo». Miedo de lo que acaba de pasar el último otoño en Irán y de lo que el mundo desde hace tiempo no había dado ejemplo.
De ahí, justamente, la necesidad de hacer resurgir lo que hay de no reductible en tal movimiento. Y de profundamente amenazante tanto para el despotismo de hoy como de ayer.
Ciertamente, no da ninguna vergüenza cambiar de opinión pero no hay ninguna razón para decir que se cambia cuando se está hoy contra la amputación de manos, tras haber estado ayer contra las torturas de la Savak.
Ninguno tiene derecho a decir: «rebélese usted por mí, se trata de la liberación final de todo hombre». Pero no puedo estar de acuerdo con quien dijera: «Es inútil sublevarse, siempre será lo mismo». No se hace la ley para quien arriesga su vida ante un poder. ¿Se tiene o no razón para rebelarse? Dejemos la cuestión abierta. Hay subleva­ción, es un hecho; y mediante ella es como la subjetividad (no la de los grandes hombres, sino la de cualquiera) se introduce en la his­toria y le da su soplo. Un delincuente pone su vida en la balanza contra los castigos abusivos; un loco ya no puede ser encerrado y despojado; un pueblo rechaza el régimen que le oprime. Esto no hace inocente al primero, ni cura al otro ni asegura al tercero los mañanas prometidos. Por otra parte, nadie es obligado a ser solida­rio. Nadie es obligado a encontrar que esas voces confusas cantan mejor que las otras y dicen el fondo último de lo verdadero. Basta que existan y que tengan contra ellas todo lo que se empeña en ha­cerlas callar, para que tenga sentido escucharlas y buscar lo que quieren decir.
¿Cuestión de moral? Quizás. Cuestión de realidad, sin duda. Todos los desencadenamientos de la historia no lograrán al respecto nada: porque hay tales voces es por lo que justamente el tiempo de los hom­bres no tiene la forma de la evolución, sino la de la «historia».
Esto es inseparable de otro principio: siempre es peligroso el po­der que un hombre ejerce sobre otro. Yo no digo que el poder, por naturaleza, sea un mal; digo que el poder, por sus mecanismos, es infinito. Las reglas nunca son lo suficientemente rigurosas como para limitarlo: y los principios universales nunca lo suficientemen­te estrictos para desasirlo de todas las ocasiones en las que se am­para. Al poder hay que oponerle siempre leyes infranqueables y de­rechos sin restricciones.
Los intelectuales, en estos tiempos, no tienen buena «prensa»; creo poder emplear esta palabra en un sentido bien preciso. No es pues el momento de decir que no se es intelectual. Si se me pregun­ta cómo concibo lo que hago, respondería: si el estratega es el hom­bre que dice: «qué importa tal muerte, tal grito, tal sublevación con relación a la gran necesidad de conjunto y qué me importa además tal principio general en la situación particular en la que estamos», pues, entonces, me es indiferente que el estratega sea un político, un historiador, un revolucionario, un partidario del sha, del ayatolá; mi moral teórica es inversa. Es «antiestratégica»: ser respetuoso cuando una singularidad se subleva, intransigente desde que el poder transgrede lo universal. Elección sencilla y dificultosa labor, puesto que es preciso a la vez acechar, un poco por debajo de la historia, lo que la rompe y la agita, y vigilar, un poco por detrás de la política, sobre lo que debe limitarla incondicionalmente. Des­pués de todo, ése es mi trabajo: no soy ni el primero ni el único en hacerlo. Pero yo lo he escogido.


domingo, 24 de mayo de 2009

halopidol



Ver a alguien que querés reducido en una cama, a merced de mercaderes del sufrimiento psi. Tengo a mi Foucault, tengo mi propia terapia para armarme frente a los ejercicios abusivos del sistema. Otrxs, esta misma noche, están atadxs a sus camas en la espera de que los efectos de una medicación mal administrada remitan y no dejen, cual marea mala, daños permanentes.

Foucault decía:

Tenemos por lo tanto este sistema de poder que funciona dentro del asilo y tuerce el sistema reglamentario general, sistema de poder asegurado por una multiplicidad, una dispersión, un sistema de diferencias y jerarquías, pero más precisamente aún por lo que podríamos llamar una disposición táctica en la cual los distintos individuos ocupan un sitio determinado y cumplen una serie de funciones específicas. Como ven, se trata de un funcionamiento táctico del poder o, mejor, esa disposición táctica permite el ejercicio del poder.

Y si retomamos lo que el mismo Pinel decía sobre la posibilidad de obtener una observación en el asilo, veremos que esa observación, garantía de la objetividad y la verdad del discurso psiquiátrico, sólo es posible en virtud de una distribución táctica relativamente compleja; digo “relativamente compleja” porque lo que acabo de señalar es aún muy esquemático. Pero, de hecho, si hay en efecto ese despliegue táctico y deben tomarse tantas precauciones para llegar, después de todo, a algo tan simple como la observación, se debe muy probablemente a que en ese campo reglamentario del asilo hay algo que es un peligro, una fuerza. Para que el poder se despliegue con tanta astucia o, mejor dicho, para que el universo reglamentario sea recorrido por esa especie de relevos de poder que lo falsean y distorsionan, pues bien, puede decirse con mucha verosimilitud que en el corazón mismo de ese espacio hay un poder amenazante que es preciso dominar o vencer.

En otras palabras, si llegamos a una disposición táctica semejante, es sin duda porque el problema, antes de ser o, más bien, para poder ser el problema del conocimiento, de la verdad de la enfermedad y de su curación, debe ser un problema de victoria. En este asilo se organiza entonces, efectivamente, un campo de batalla.
Y bien, a quien debe dominarse es, por supuesto, al loco. Hace un momento cité la curiosa definición del loco dada por Fodéré, para quien éste es quien se cree “por encima de los otros”.(11) De hecho, así aparece efectivamente el loco dentro del discurso y la práctica psiquiátricos de principios del siglo XIX, y así encontramos ese gran punto de inflexión, ese gran clivaje del que ya hemos hablado, la desaparición del criterio del error para la definición, para la atribución de la locura.

Hasta fines del siglo XVIII, en términos generales –y esto incluso en los informes policiales, las lettres de cachet, los interrogatorios, etc.,que pudieron [llevarse a cabo con]* individuos en hospicios como Bicêtre o Charenton–, decir que alguien era loco, atribuirle locura, siempre era decir que se engañaba, en qué sentido, sobre qué punto, de qué manera, hasta qué límite se engañaba; en el fondo, lo que caracterizaba a la locura era el sistema de creencia. Ahora bien, a principios del siglo XIX vemos aparecer de manera muy repentina un criterio de reconocimiento y atribución de la locura que es absolutamente distinto; iba a decir que se trata de la voluntad, pero no es exacto; en realidad, lo que caracteriza al loco, el elemento por el cual se le atribuye la locura a partir de comienzos del siglo XIX, digamos que es la insurrección de la fuerza, el hecho de que en él se desencadena cierta fuerza, no dominada y quizás indominable, y que adopta cuatro grandes formas según el ámbito donde se aplica y el campo en el que hace estragos.

Tenemos la fuerza pura del individuo a quien, de acuerdo con la caracterización tradicional, se denomina “furioso”. Tenemos la fuerza en cuanto se aplica a los instintos y las pasiones, la fuerza de esos instintos desatados, la fuerza de esas pasiones sin límite; y esto caracterizará justamente una locura que no es una locura de error, una locura que no implica ilusión alguna de los sentidos, ninguna falsa creencia, ninguna alucinación, y se la llama manía sin delirio.

En tercer lugar tenemos una suerte de locura que se adosa a las ideas mismas, que las trastorna, las vuelve incoherentes, las hace chocar unas contra otras, y a esto se denomina manía.

Por último tenemos la fuerza de la locura cuando se ejerce, ya no en el dominio general de las ideas así sacudidas y entrechocadas, sino en una idea específica que, finalmente, encuentra un refuerzo indefinido y va a inscribirse obstinadamente en el comportamiento, el discurso, el espíritu del enfermo; es lo que recibe el nombre de melancolía o de monomanía.

Y la primera gran distribución de esa práctica asilar a principios del siglo XIX retranscribe con mucha exactitud lo que pasa en el interior mismo del asilo, es decir, el hecho de que ya no se trata en absoluto de reconocer el error del loco sino de situar con toda precisión el punto en que la fuerza desatada de la locura lanza su insurrección: cuál es el punto, cuál es el ámbito, con respecto a qué va a aparecer y desencadenarse la fuerza para trastornar por completo el comportamiento del individuo.

Por consiguiente, la táctica del asilo en general y, de una manera más particular, la táctica individual que aplicará el médico a tal o cual enfermo en el marco general de ese sistema de poder, se ajustará y deberá ajustarse a la caracterización, la localización, el ámbito de aplicación de esa explosión de la fuerza y su desencadenamiento. De modo que, si ése es en efecto el objetivo de la táctica asilar, si ése es el adversario de esta táctica, la gran fuerza desatada de la locura, pues bien, ¿en qué puede consistir la curación, como no sea en el sometimiento de dicha fuerza? Y así encontramos en Pinel esa definición muy simple pero fundamental, creo, de la terapéutica psiquiátrica, definición que no constataremos antes de esa época a pesar del carácter rústico y bárbaro que puede presentar. La terapéutica de la locura es “el arte de subyugar y domesticar, por así decirlo, al alienado, poniéndolo bajo la estricta dependencia de un hombre que, por sus cualidades físicas y morales, tenga la capacidad de ejercer sobre él un influjo irresistible y modificar el encadenamiento vicioso de sus ideas”.(12) En esta definición de la operación terapéutica propuesta por Pinel, tengo la impresión de que se vuelve a cruzar en diagonal todo lo que les he dicho. Ante todo, el principio de la estricta dependencia del enfermo con respecto a cierto poder; ese poder sólo puede encarnarse en un hombre y únicamente en un hombre, quien lo ejerce no tanto a partir y en función de un saber como en función de cualidades físicas y morales que le permiten desplegar un influjo sin límites, un influjo irresistible. Sobre la base de esto resulta posible el cambio del encadenamiento vicioso de las ideas, esa ortopedia moral, por darle algún nombre, a partir de la cual la curación es factible. Por eso, en definitiva, en esta protopráctica psiquiátrica encontramos escenas y una batalla como acto terapéutico fundamental.
Michel Foucault: El poder psiquiátrico. Curso en el Collège de France (1973-1974)

Clase del 7 de noviembre de 1973

jueves, 14 de mayo de 2009

Judy!



Sí, escribe difícil (en El género en disputa dijo que "no es mi intención ser difícil, sino dirigir la atención hacia una dificultad sin la cual ningún “yo” puede aparecer").
No, no estoy de acuerdo con todo lo que dice (especialmente en su último libro).
Pero Judy is a punk, ya lo sabían los Ramones.
Conocerla (a ella y su diminuto piecesito danzante o sus manos ágiles), verla hacer cosas con la teoría a menos de un metro de distancia, padecer las condiciones de acceso al saber en la Academia, etc., fue toda UNA EXPERIENCIA.

Acá entrevista que le hizo Leonor.

Y más abajo, algo del libro que estoy leyendo en mis ratos libres:

Desde el inicio constituyen un reto, si no una pregunta abierta, la relación que el yo asuma consigo mismo, su modo de forjarse en respuesta a un mandato, su manera de construirse y el trabajo que realice sobre sí mismo*. El mandato impone el acto de autorrealización o autoconstrucción, lo cual significa que no actúa de manera unilateral o determinista sobre el sujeto. Prepara el escenario para su autoconstrucción, que siempre se lleva a cabo en relación con un conjunto impuesto de normas. La norma no produce al sujeto como su efecto necesario, y el sujeto tampoco tiene plena libertad para ignorar la norma que instaura su reflexividad; unx lucha invariablemente con condiciones de su propia vida que podría no haber elegido. Si en esa lucha hay algún acto de agencia o, incluso, de libertad, se da en el contexto de un campo facilitador y limitante de coacciones. Esa agencia ética nunca está del todo determinada ni es radicalmente libre. Su lucha o su dilema principal deben ser producto de un mundo, aun cuando unx, en cierta forma, debe producirse a sí mismx. Esa lucha en las condiciones no elegidas de la propia vida –una agencia- también es posible, paradójicamente, gracias a la persistencia de esta condición primaria de falta de libertad.

Judith Butler: Dar cuenta de sí mismo. Violencia ética y responsabilidad.

*se refiere a la concepción de la moral en Foucault

sábado, 9 de mayo de 2009

relaciones de poder



La familia, incluso la actual, no es una simple prolongación del poder estatal en relación a los niños; tampoco el macho es el representante del Estado en relación a la mujer. Para que el Estado funcione como funciona se hace necesario que entre el hombre y la mujer, entre el adulto y el niño, haya unas relaciones de dominación muy específicas, que tienen su propia configuración y una relativa autonomía.

Michel Foucault
Fuente: Les rapports de pouvoir passent á lìnterieur des corps. La Quinzaine Littéraire, nº 247 (1977)

martes, 21 de abril de 2009

la sociedad sin delincuencia



Pero pensar que la delincuencia forma parte del orden de las cosas, forma sin duda parte de la inteligencia cínica del pensamiento burgués del siglo XIX. Era necesario ser tan ingenuo como Baudelaire para imaginarse que la burguesía es tonta. Es inteligente y cínica. Basta leer lo que decía sobre sí misma, y todavía mejor, sobre los demás.

La sociedad sin delincuencia. ¡Con ello soñó a finales del siglo XVIII. Y después, inmediatamente, pfft! La delincuencia era demasiado útil para que se pudiera soñar algo tan tonto y tan peligroso como una sociedad sin delincuencia. Sin delincuencia, no hay policía. ¿Qué es lo que hace tolerable la presencia de la policía, el control policial a una población si no es el miedo al delincuente? Esta institución tan reciente y tan pesada de la policía no se justifica más que por esto. Si aceptamos entre nosotros a estas gentes de uniforme, armadas, mientras nosotros no tenemos el derecho de estarlo, que nos piden nuestros papeles, que rondan delante de nuestra puerta, ¿cómo sería esto posible si no hubiese delincuentes? ¿Y si no saliesen todos los días artículos en los periódicos en los que se nos cuenta que los delincuentes son muchos y peligrosos?

Michel Foucault: Entrevista sobre la prisión: el libro y su método (1975)

sábado, 21 de marzo de 2009

acoso sin tregua a todas las formas del fascismo


El Anti-Edipo: Una introducción a la vida no fascista (fragmento)
Michel Foucault
Sería un error leer El Anti-Edipo como la nueva referencia teórica, es decir, esa famosa teoría que tan a menudo nos ha sido anunciada: la que todo lo englobará, esa absolutamente totalizadora y tranquilizante; esa, se nos asegura, “que tanto necesitamos” en esta época de dispersión y de especialización, de donde “la esperanza” ha desaparecido. No hay que buscar una “filosofía” en esta extraordinaria profusión de nociones nuevas de conceptos-sorpresas. El Anti-Edipo no es un Hegel relumbroso.Yo creo que la mejor manera de leer El Anti-Edipo, consiste en abordarlo como un “arte”, en el sentido en que se habla de “arte erótico”, por ejemplo. Apoyándose en las nociones, en apariencia abstractas, de multiplicidades, flujos, dispositivos y ramificaciones, el análisis de la relación del deseo con la realidad y con la “máquina” capitalista aporta respuestas a preguntas concretas. Preguntas que se preocupan menos del por qué de las cosas que de su cómo. ¿Cómo se introduce el deseo en el pensamiento, en el discurso, en la acción? ¿De qué manera el deseo puede y debe desplegar sus fuerzas en la esfera de lo político e intensificarse en el proceso de derrumbamiento del orden establecido?Ars erotica, ars theoretica, ars politica.
De allí los tres adversarios a los cuales El Anti-Edipo se halla confrontado: Tres adversarios que no poseen la misma fuerza, que representan grados diversos de amenaza, y que el libro combate con diferentes medios.
1. Los ascetas políticos, los militantes morosos, los terroristas de la teoría, aquellos que quisieran preservar el orden puro de la política y del discurso político. Los burócratas de la revolución y los funcionarios de la Verdad.
2. Los lamentables técnicos del deseo - los psicoanalistas y semiólogos - que registran cada signo y cada síntoma y que desearán reducir la organización múltiple del deseo a la ley binaria de la estructura y de la carencia.
3. Por último, el enemigo mayor, el adversario estratégico (ya que la oposición de El Anti-Edipo con sus otros enemigos constituye más bien un combate táctico): el fascismo. Y no solamente el fascismo histórico de Hitler y de Mussolini - que tan bien supo movilizar y utilizar el deseo de las masas- sino también el fascismo que existe en todos nosotros, que habita en nuestros espíritus y está presente en nuestra conducta cotidiana, el fascismo que nos hace amar el poder, desear esa cosa misma que nos domina y nos explota.
Yo diría que El Anti-Edipo (ojalá que sus autores me perdonen) es un libro de ética, el primer libro de ética escrito en Francia desde hace mucho tiempo (y de ahí, tal vez, la razón por la cual su éxito que no limita un “lectorado” en particular: ser anti-Edipo se ha convertido en un estilo de vida, en un modo de pensar y de vivir).¿Cómo hacer para no convertirse en fascista incluso cuando (sobre todo cuando) se cree ser un militante revolucionario? ¿Cómo hacer desaparecer de nuestro discurso y de nuestros actos, de nuestros corazones y placeres, ese mismo ? ¿Cómo arrancar ese fascismo incrustado en nuestro comportamiento? Los moralistas cristianos buscaban las trazas de la carne que se habían introducido en los repliegues del alma. Deleuze y Guattari, en cambio, acechan las más ínfimas partículas del fascismo en el cuerpo.Rindiendo un modesto homenaje a San Francisco de Sales (1) podría decirse que El Anti-Edipo es una introducción a la vida no fascista.Este arte de vivir contrario a todas las formas de fascismo, ya estén instaladas o próximas de serlo, van acompañadas de un cierto número de principios esenciales, que yo resumiría como sigue si tuviera que convertir este gran libro en un manual o una guía de la vida cotidiana:
- Liberad la acción política de toda forma de paranoia unitaria y totalizadora.
- Incrementad la acción, el pensamiento y los deseos mediante proliferación, yuxtaposición y disyunción, antes que por subdivisión y jerarquización piramidal.
- Liberaos de las viejas categorías de lo Negativo (la ley, el límite, la castración, la carencia, la laguna) que el pensamiento occidental ha sacralizado durante tanto tiempo como forma de poder y modo de acceso a la realidad. Preferid aquello que es positivo y múltiple, la diferencia a la uniformidad, los flujos a las unidades, Ias disposiciones móviles a los sistemas. Considerad que lo que es productivo no es sedentario sino móvil.
- No imaginéis que haya que ser triste para ser militante, incluso si lo que se combate es abominable. Es el vínculo del deseo a la realidad (y no su fuga en las formas de la representación) el que posee una fuerza revolucionaria.
-No utilicéis el pensamiento para dar a una práctica política el valor de Verdad; ni la acción política para desacreditar un pensamiento, como si no fuera más que pura especulación. Utilizad la práctica política como un intensificador del pensamiento, y el análisis como un multiplicador de las formas y de los dominios de intervención de la acción política.
- No exijáis a la política que restablezca los “derechos” del individuo tal cual han sido definidos por el filosofo. El individuo es el producto del poder. Lo que hay que hacer es “desindividualizar” por la multiplicación y el desplazamiento, por la suma de combinaciones diferentes. El grupo no debe ser el vínculo orgánico que une a individuos jerarquizados, sino un constante generador de “desindividualización”.
- No os enamoréis del poder.-
Podría incluso decirse que Deleuze y Guattari aman tan poco el poder que trataron de neutralizar los efectos del poder vinculados a su propio discurso. De ahí los juegos y las trampas que encontramos un poco en todo el libro, y que convierten su traducción en un auténtico tour de force. pero no se trata de las trampas familiares de la retórica, aquellas que tratan de seducir al lector sin que este sea consciente de la manipulación, y que terminan por ganarlo para la causa de los autores, contra su voluntad. Las acechanzas de El Anti-Edipo son las del humor: otras tantas invitaciones a dejarse expulsar, a despedirse del texto dando un portazo. El libro hace a menudo pensar que no se trata de otra cosa que de un humor y de juego, allí donde, sin embargo, ocurre algo esencial, algo tremendamente serio: el acoso de todas las formas del fascismo, desde aquellas, colosales, que nos rodean y nos aplastan, hasta las formas más pequeñas que instauran la amarga tiranía de nuestras vidas cotidianas.
(1) Hombre de Iglesia del S. XVII, que fue obispo de Ginebra. Es conocido por su Introducción a la vida devota.
Este texto de Michel Foucault sirvió de prefacio a la edición estadounidense del Capitalismo y esquizofrenia, el Anti-Edipo, de Gilles Deleuze y Félix Guattari.

sábado, 25 de octubre de 2008

desarrollad vuestra legítima rareza...


Según dicen algunxs que lo conocieron, a Foucault le encantaba usar el dictum de René Char: "desarrollad vuestra legítima rareza". Anoche se nos ocurrió con la poeta ácrata que esta traducción castiza de Char debe sonar en nuestras cabezas como una arenga proveniente de la voz de Evaristo, en algún recital antológico de La Polla Records.
Extracto de una entrevista del año 1977 en la que Foucault explica el giro de pensamiento que adoptó con su primer volumen de "La Historia de la Sexualidad.

L. Finas: Michel, hay un texto que me parece realmente asombroso desde todos los puntos de vista: el primer volumen de su Historia de la sexualidad, "La voluntad de saber". La tesis que usted defiende en él es inesperada y, a primera vista, simple, pero se hace progresivamente más compleja. En resumen, digamos que entre el poder y el sexo no se establece una relación de represión, sino todo lo contrario.

M. Foucault: Hasta cierto momento yo aceptaba la concepción tradicional del poder: el poder como un mecanismo esencialmente jurídico. Lo que dicen las leyes, lo que niegan o prohíben, con toda una letanía de efectos negativos: exclusión, rechazo, barreras, negaciones, ocultaciones, etc. Pero ahora considero inadecuada esa concepción.Me serví de ella en la Historia de la locura, ya que la locura es un caso privilegiado: sin duda, durante el periodo clásico el poder se ejerció sobre la locura a través, prioritariamente, de la exclusión; se asiste entonces a una gran reacción de rechazo en la que la locura se vio implicada. Para analizar este hecho pude utilizar sin demasiados problemas esta concepción puramente negativa del poder, pero a partir de cierto momento me pareció insuficiente. Esto ocurrió en el transcurso de una experiencia concreta que tuve a partir de 1970-1972 en las prisiones. Me convencí de que el análisis no debía hacerse en términos de derecho, sino en términos de tecnología, en términos de táctica y de estrategia. Es esta sustitución del esquema jurídico negativo por otro técnico y estratégico lo que he intentado elaborar en Vigilar y castigar, para utilizarlo luego en la Historia de la sexualidad.

L. Finas: Quienes han leído su Historia de la locura en la época clásica, conservan la imagen de la gran locura barroca encerrada y reducida al silencio. En toda Europa, hacia mediados del siglo XVII, se construyen rápidamente los manicomios. ¿Diría usted que la historia moderna, imponiendo el silencio a la locura desató la lengua del sexo? ¿O más bien que la misma obsesión o preocupación por la locura y por el sexo desembocaron en resultados opuestos a través del doble plano de los discursos y de los hechos? En ese caso, ¿por qué?

M. Foucault: Creo, en efecto, que entre la locura y la sexualidad existen una serie de relaciones históricas que son realmente importantes, y que yo no había percibido cuando estaba escribiendo la Historia de la locura. En aquel momento tenía la idea de hacer dos historias paralelas: por un lado, la historia de la locura y de las clasificaciones que a partir de ella tuvieron lugar; por otro, la historia de las limitaciones que se operaron en el campo de la sexualidad (la permitida y la prohibida, la normal y la anormal, la femenina y la masculina, la de los adultos y la de los niños) Pensaba en toda una serie de divisiones binarias que habían impreso su sello particular a la división más global entre razón y sinrazón, que yo había intentado discernir al estudiar la locura. Sin embargo, creo que es insuficiente: si la locura, al menos durante un siglo, fue esencialmente objeto de operaciones negativas, la sexualidad por su parte estaba desde esta época atravesada por intereses distintos y positivos.Pero a partir del siglo XIX tuvo lugar un fenómeno absolutamente fundamental. Se trata del engranaje, de la imbricación de dos grandes tecnologías del poder: la que tejía la sexualidad y la que marginaba la locura. La tecnología concerniente a la locura pasó de la negatividad a la positividad, y de binaria se convirtió en compleja y multiforme. Nace entonces una gran tecnología de la psique que constituye uno de los rasgos fundamentales de nuestros siglos XIX y XX; una tecnología que hace del sexo, al mismo tiempo, la verdad oculta de la conciencia razonable y el sentido descifrable de la locura (su sentido común) y que por tanto permite aprisionar a la una y a la otra según las mismas modalidades.

L. Finas: Su refutación de la hipótesis represiva no consiste, entonces, en un simple desplazamiento de acento, ni en una constatación de la negación o de la ignorancia por parte del poder. En el caso de la Inquisición, por ejemplo, en lugar de poner en evidencia la represión que se impone al hereje, se podría poner el acento en la "voluntad de saber".

M. Foucault: En efecto, he querido desplazar los acentos y hacer aparecer mecanismos positivos allí donde generalmente se privilegian los mecanismos negativos.Por ejemplo, en lo que concierne a la penitencia, se subraya siempre que el cristiano sanciona la sexualidad, autorizando sólo algunas formas de ella y castigando todas las demás. Pero es necesario señalar también, en mi opinión, que en el corazón de la penitencia cristiana existe la confesión, y en consecuencia la declaración de las faltas, el examen de conciencia, y mediante esto toda una producción de saber y de discursos sobre el sexo que tuvieron una serie de efectos teóricos (el amplio análisis que se hizo de la concupiscencia en el siglo XVII) y efectos prácticos (una pedagogía de la sexualidad que posteriormente sería laicalizada y medicalizada)También he hablado de la forma en que diferentes instancias del poder se habían de algún modo instaurado en el placer mismo de su ejercicio. Existe en la vigilancia, más exactamente en la mirada de los que vigilan, algo que no es ajeno al placer de vigilar y al placer de vigilar el placer. Igualmente, he insistido en los mecanismos de rebote. Por ejemplo, las explosiones de histeria que se manifestaron en los hospitales psiquiátricos de la segunda mitad del siglo XIX han sido un mecanismo de rebote, una respuesta al ejercicio mismo del poder psiquiátrico: los psiquiatras recibieron el cuerpo histérico de sus enfermos en pleno rostro, sin quererlo e incluso sin saber cómo es que ocurría esto.Sin embargo, estos elementos no constituyen la parte esencial de mi libro. Me parece que hay que comprenderlos a partir de la instauración de un poder que se ejerce sobre el cuerpo mismo. Lo que intento mostrar es cómo las relaciones de poder pueden penetrar materialmente en el espesor mismo de los cuerpos, sin tener incluso que ser sustituidos por la representación de los sujetos. Si el poder hace blanco en el cuerpo no es porque haya sido con anterioridad interiorizado en la conciencia de las gentes. Existe una red de bio-poder, de somato-poder que es, al mismo tiempo, una red a partir de la cual nace la sexualidad como fenómeno histórico y cultural, en el interior de la cual nos reconocemos y nos perdemos a la vez.

L. Finas: En La voluntad de saber usted distingue entre el poder como un conjunto de instituciones y aparatos, y el poder como multiplicidad de relaciones de fuerza inmanentes al dominio en el que se inscriben. Ese poder lo representa produciéndose continuamente, en todas partes, en toda relación de un extremo a otro. ¿Es ese poder, si se entiende bien, el que no sería exterior al sexo, sino todo lo contrario?

M. Foucault: Para mi, lo esencial del trabajo que he emprendido es la reelaboración de la teoría del poder; no creo que el mero placer de escribir sobre la sexualidad fuese motivo suficiente para comenzar esta serie de seis volúmenes, si no me sintiera motivado por la necesidad de replantear esta cuestión del poder. Con demasiada frecuencia, según el modelo impuesto por el pensamiento jurídico filosófico de los siglos XVI y XVII, el problema del poder se ha reducido al concepto de soberanía. En contra de este privilegio del poder soberano, he intentado hacer un análisis que iría en otra dirección.Entre cada punto del cuerpo social, entre el hombre y la mujer, en la familia, entre el maestro y su alumno, entre el que sabe y el que no sabe, transcurren relaciones de poder que no son la pura y simple proyección del poder soberano sobre los individuos. La familia, incluso la actual, no es una simple prolongación del poder estatal en relación a los niños; tampoco el macho es el representante del Estado en relación a la mujer. Para que el Estado funcione como funciona se hace necesario que entre el hombre y la mujer, entre el adulto y el niño, haya unas relaciones de dominación muy específicas, que tienen su propia configuración y una relativa autonomía.En mi opinión, hay que desconfiar de un modo de representar el poder que durante mucho tiempo ha dificultado su análisis; me refiero a la idea de que las voluntades individuales son el reflejo de una voluntad más general. Se dice constantemente que el padre, el marido, el jefe, el adulto o el profesor representan el poder del Estado, y que el Estado, a su vez, representa los intereses de una clase social. Pero esto no explica la complejidad de los mecanismos que entran en juego.

Fuente: Les rapports de pouvoir passent á lìnterieur des corps. La Quinzaine Littéraire, nº 247 (1977)

viernes, 11 de julio de 2008

(foucault y barthes cogieron acá)



este domingo a las 17 hs, proyección de Proyectil Fetal...estos son los textos de Foucault que nos ayudarán a pensar algunas cosas sobre los posibles espacios de resistencia...

Foucault- Microfísica del Poder- El dominio, la conciencia de su cuerpo no han podido ser adquiridos más que por el efecto de la ocupación del cuerpo por el poder: la gimnasia, los ejercicios, el desarrollo muscular, la desnudez, la exaltación del cuerpo bello... todo está en la línea que conduce al deseo del propio cuerpo mediante un trabajo insistente, obstinado, meticuloso que el poder ha ejercido sobre el cuerpo de los niños, de los soldados, sobre el cuerpo sano. Pero desde el momento en que el poder ha producido este efecto, en la línea misma de sus conquistas, emerge inevitablemente la reivindicación del cuerpo contra el poder, la salud contra la economía, el placer contra las normas morales de la sexualidad, del matrimonio, del pudor. Y de golpe, aquello que hacía al poder fuerte se convierte en aquello por lo que es atacado...

En efecto, nada es más material, más físico, más corporal que el ejercicio del poder... ¿Cuál es el tipo de inversión sobre el cuerpo que es preciso y suficiente para el funcionamiento de una sociedad capitalista como la nuestra? Queda por estudiar de qué cuerpo tiene necesidad la sociedad actual.

No pretendo en absoluto negar la importancia del aparato de Estado, pero me parece que entre las condiciones que deben reunirse para no repetir la experiencia soviética, para que no encalle el proceso revolucionario, una de las primeras cosas que deben comprenderse es que el poder no está localizado en el aparato de Estado, y que nada cambiará en la sociedad si no se transforman los mecanismos de poder que funcionan fuera de los aparatos de Estado, por debajo de ellos, a su lado, de una manera mucho más minuciosa, cotidiana.

El sexo se ha convertido así en el «código» del placer. En Occidente (mientras que en las sociedades que poseen un arte erótica la intensificación del placer tiende a desexualizar el cuerpo) esta codificación del placer por las «leyes» del sexo ha dado lugar finalmente a todo el dispositivo de la sexualidad. Y éste nos hace creer que nos «liberamos» cuando «descodificamos» todo placer en términos de sexo al fin descubierto. Mientras que sería conveniente tender más bien a una desexualización, a una economía general del placer que no esté sexualmente normativizada.

martes, 20 de mayo de 2008

la revolución y el placer


Algo de la revuelta, de la libertad prometida y de la próxima época de otra ley se filtran fácilmente en ese discurso sobre la opresión del sexo. En el mismo se encuentran reactivadas viejas funciones tradicionales de la profecía. Para mañana el buen sexo. Es porque se afirma esa represión por lo que aún se puede hacer coexistir, discretamente, lo que el miedo al ridículo o la amargura de historia impiden relacionar a la mayoría de nosotros: la revolución y la felicidad; o la revolución y un cuerpo otro, más nuevo, más bello; o incluso la revolución y el placer. Hablar contra los poderes, decir la verdad y prometer el goce; ligar entre sí la iluminación, la liberación y multiplicadas voluptuosidades; erigir un discurso donde se unen el ardor del saber, la voluntad de cambiar la ley y el esperado jardín de las delicias: he ahí indudablemente lo que sostiene en nosotros ese encarnizamiento en hablar del sexo en términos de represión (…).

Michel Foucault, Historia de la sexualidad, vol. I, la voluntad de saber.

(la cursiva es mía)