miércoles, 8 de julio de 2009

más sobre sexualidades infantiles avasalladas



Algunos fragmentos de este texto fueron publicados en el #2 de pido perdón zine . Después el texto mutó un poco y quedó así.

Lirios, rosas, mariposas: notas sobre nuestras sexualidades infantiles avasalladas.
Por Laura Contrera

Somos víctimas fatales de las cosas del Estado/somos víctimas fatales del estado de las cosas/ somos lirios, somos rosas, somos lindas mariposas
La Polla Records, Lirios

Aunque la indignación popular en materia de abuso infantil o el juicio unívoco al respecto parezcan decir lo contrario, coincido con Weeks en que el sexo intergeneracional no es un problema serio para la gran mayoría de las personas. Si bien no se trata de un vicio inédito (este tipo de relaciones ha existido en otra sociedades y ha merecido diferentes sanciones), en la actual condena a la pedofilia suele faltar un examen de lo que está implicado realmente en tales relaciones de poder. Un simple interrogante nos desvela, pero permanece sin respuesta: ¿por qué ocurre tan a menudo eso que la sociedad aparentemente rechaza con tanta vehemencia? Lo que abunda en las respuestas típicas suele reducirse a simple “ansiedad moral y confusión” : discursos que giran en torno a la perversidad y/o monstruosidad -natural o psíquica- de ciertas personas, preferentemente del sexo masculino, que no tienen cura ni rehabilitación posible. Lamentablemente, como ya ha sucedido a lo largo de la historia, ansiedades sociales legítimas –como la que nos ocupa- adoptan formas no deseables, con resultados menos deseables aún. Y aunque todxs parecen saber lo que hay que hacer a partir de ese juicio monolítico (linchamientos, castraciones, cárcel, listados infames, etc.), poco se hace en la realidad. Mucho ruido y pocas nueces.

La sexualidad ha sido considerada en Occidente, desde hace mucho tiempo, como uno de los lugares privilegiados por donde se cuela el peligro: “el punto frágil por donde nos llegan las amenazas del mal”, en palabras de Foucault. En este esquema, la infancia sometida al interés conservativo/ explotador del Capital y del Estado se delimitó como una zona precaria, rodeada de amenazas. Y la sexualidad que le es propia floreció como un terreno de especial fragilidad desde entonces. Intentar hoy una reflexión sobre las problemáticas relaciones entre la sexualidad infantil y la adulta que no repita los lugares comunes que se reproducen sin pausa poco tiene que ver con sofisticaciones intelectuales. Un problema urgente debería tratarse de manera seria. No necesitamos más de esos juicios monolíticos o esas explicaciones tan satisfactorias que ningún efecto producen en la realidad, salvo el de tranquilizar almas compungidas y cerrar todo debate que nos mueva a la acción.

El siglo XX ha visto el encumbramiento del “interés del niñx” como supremo bien de protección jurídico-estatal y la pertinente proliferación de legislación a tono. Ya ha sido explicado sobradamente por distintxs autorxs cómo la representación del “niñx rey” pronto vino a coexistir junto a la representación del “niñx víctima”. Ahora bien, esta conceptualización de lxs niñxs como víctimas -que la legislación reconoce, los medios de comunicación difunden y todxs constatamos en la realidad- poco servicio nos ha prestado. No sólo a la hora en que las indefensas criaturas quedan frente a frente con los monstruos que la sociedad crea, pero de los que jamás se hace cargo, sino también cuando se ponen en funcionamiento los mecanismos represivos posteriores a los hechos condenables. Menos que menos para prevenir que vuelvan a ocurrir estos hechos. El sistema que negocia con cuerpos niñxs, que produce deseo de cuerpos niñxs, es el mismo que legisla más medidas de protección y control. Y también es el mismo que no les cree y no toma en cuenta el discurso de esos niñxs-víctima en la mayoría de los casos. Como resulta evidente, no hay ninguna contradicción en esos términos.

Pero no creamos tampoco que por oponernos a la violencia contra la infancia estamos al margen de ese sistema. Corremos el riesgo de quedarnos sentadxs cómodamente del lado correcto, ese que es fácil de determinar. Para echar luz sobre esas formas intrincadas de poder y dominación que configuran nuestras sexualidades, como dice Weeks, hay que atreverse a sacudirse esa modorra e ir hasta el fondo de la pregunta. Y quizá escuchar lo que no es fácil de ser escuchado y decir aquello que no nos traerá miradas compasivas ni palmadas de aliento. Porque, como sensatamente escribió Eliacheff, “es necesario estar atentos a la representación del niño víctima que manejamos” , incluso con las mejores intenciones. Idealizar a la infancia no equivale a respetarla. Como explica Eliacheff, la toma de conciencia de la sociedad sobre la realidad del abuso infantil a lo largo del siglo XX y la abundancia de información que transmiten los medios masivos de comunicación sobre esas amenazas (que, de más está decirlo, día a día se hacen realidad en el seno familiar o extrafamiliar, en las calles o en los sitios donde se debería guardar y velar por lxs niñxs), se inscribe en un marco mucho más amplio: el lugar de la infancia, tal como se ha tejido pacientemente en las redes del poder de nuestra sociedad bienintencionada. Y ese lugar es claramente el de víctima, por más que se diga lo contrario o se lo disfrace de alguna otra cosa. Como planteó alguna vez Foucault, una sociedad de peligros en torno a la sexualidad ha, efectivamente, advenido. Y la constante ronda al son del peligro, la ansiedad y el miedo nos ha dejado inermes y sin dirección, impedidxs de pensar en términos políticos, es decir, de acción.

Es completamente hipócrita la explotación que hacen ciertos sectores de las intensas emociones que provocan las relaciones entre adultxs y niñxs en la mayoría de las personas. Y, nos guste o no, las medidas de control y castigo que se autorizan sobre esa base emocional no tienen como verdadero objetivo la prevención eficaz de ataques sexuales. Los resultados están a la vista. Con palabras altisonantes nos ponemos en guardia ante la mera mención de la cuestión que nos ocupa, pero evitamos cuidadosamente examinar la naturaleza de la respuesta punitiva que se está dando a los crímenes aberrantes que desvelan a la sociedad. Pedimos encierro o linchamiento para los monstruos inmorales, pero lxs niñxs siguen estando insegurxs en sus camas o en las calles. Aunque sabemos que, como escribió Weeks, los asuntos de la sexualidad son inevitable e ineludiblemente políticos, no iniciamos una reflexión sobre nuestras sexualidades infantiles avasalladas. Esa reflexión conduciría inevitablemente a cuestionarse tanto el estado de una sociedad que permite tal despliegue de poder sobre un sector de sus miembros –me refiero a lxs niñxs- así como también el tipo de respuestas que esa misma sociedad propone o impone ante determinadas situaciones. Mientras tanto, el turismo sexual se extiende como cualquier otra rama floreciente de esa industria y, todos los días y a toda hora, asistimos impávidxs a la exhibición de cuerpos cada vez más niñxs como deseables y consumibles. La perversión adulta es tanto un trastorno de la identidad como un estado de delincuencia y una desviación, con la que convivimos a diario: “esta sociedad es más perversa en cierto modo que los perversos a los que ya no sabe definir pero cuya voluntad de goce explota para mejor reprimirla después” .

Se ha dicho que el pánico en torno a la pornografía infantil y la pedofilia es inseparable de la negación por parte de la sociedad de las deficiencias y fallas de la familia. Yo extendería la acusación incluso a quienes creemos estar libres de todo pecado y prestxs por arrojar la primera piedra. Las cruzadas moralistas antipedofilia (como sucede en la actualidad con ciertas campañas contra la trata de personas o como sucedió, en otro tiempo y lugar, con el movimiento antipornografía), piden legislaciones más férreas a un sistema que, por definición, incluye en otros circuitos -al margen de la legalidad- las ganancias de los placeres prohibidos. A su vez, estas campañas -más allá de sus buenas intenciones-, pocas veces se preocupan en poner de relieve las causas que hacen que tantxs niñxs y adolescentes queden expuestxs en las calles y en las casas no sólo a los posibles ataques de monstruos sexuales o asesinxs seriales, sino también a la precariedad y falta de contención lisa y llana, en todas sus formas. ¿Es necesario acaso que haga la triste lista que, con la pobreza y la indigencia material y moral como base, abarca la falta de alimentación, de salud y educación, pasando por la ausencia de políticas concretas para los casos de abuso de sustancias nocivas, hasta la carencia de protección ante la acción policial o judicial, el abandono o los golpes, el odio racial, étnico, sexual o religioso? Pero claro, estamos acostumbradxs a este paisaje desolado. Ya no nos conmueve. Necesitamos la crónica de algún crimen sexual especialmente cruento para despabilarnos. Y comenzar otra vez la eterna letanía dirigida al Estado de derecho, ese donde el interés del niño siempre es rey sin corona.

Hay abuso en muchas relaciones intergeneracionales y éste es merecedor de sanción no porque la violencia en términos sexuales sea lo peor que puede pasarnos ni porque la mancha vaya a quedarse indeleblemente en nuestra piel, marcando un camino único –el de la normalidad o la anormalidad- en la gestión de los placeres. Hay abuso porque se fuerza una relación de dominación hasta el límite mismo de lo constitutivamente tolerable. Butler señala acertadamente que los debates en torno a la realidad del abuso sexual infantil tienden a definir erróneamente el carácter de esa explotación: “No se trata simplemente de que el adulto imponga de manera unilateral cierta sexualidad, ni de que el niño fantasee de manera unilateral con cierta sexualidad, sino que se explota el amor del niño, un amor que es necesario para su existencia, y se abusa de su vinculación apasionada” , dice. No hace falta suponer a unx niñx completamente inocente, mudx e indefensx –lo mismo vale para las mujeres, las personas trans o racializadas-para condenar toda forma de avasallamiento que se le ejerza. ¿Esto implica perder de vista la especificidad de esa relación de dominación –sea en el caso del abuso infantil o la violación sistemática de mujeres o trans? No, lo que implica es el esfuerzo por evitar la reproducción acrítica del discurso dominante, indiferente a las consecuencias que éste ha venido generando. Nuestra horrorizada conciencia moral nos escamotea ciertos datos de la realidad. Explica Eliacheff, tras años de dedicarse a tratar “víctimas” tanto de violencia parental como de violencia institucional, que no todxs los niñxs maltratadxs se vuelven pederastas o padres golpeadores, ni que ser fruto de una historia dolorosa lleva obligadamente a vivir en el sufrimiento permanente, ni, llegado el caso, a hacer sufrir al prójimo. Sería interesante desentrañar los mecanismos que llevan a unxs a convertirse en adultxs avasalladorxs, mientras que a otrxs se les reserva el papel de reproductor de nuevas víctimas para un sistema demasiado voraz.

El acuerdo social en torno a la protección de la niñez, que parece aunar a sectores progresistas, conservadores y revolucionarios, está asentado sobre un eje que es funcional al dispositivo que se dice combatir, aun desde posiciones tan disímiles. La alarma ante los peligros a los que está expuesta la infancia sacralizada, victimizada y acallada es el revés luminoso de la incapacidad completa de lxs niñxs en términos legales y de acción (es decir, lxs niñxs son titulares de derechos que no pueden ejercer por sí mismxs y no son partícipes –de acuerdo a su grado madurativo- de las decisiones fundamentales sobre aspectos que les conciernen personalmente). La idealización de la niñez encubre su invisibilidad: lxs niñxs no son vistxs como sujetos autónomos, sino que existen y pueden ser leídos sólo como objetos de protección y compasión o de abuso y abandono. ¿Cómo empezar a romper con la lógica que encadena invariablemente a las víctimas a un destino de padecimiento o de nuevas violencias? Y más aún, ¿cómo dotar de armas a aquellxs a quienes se define, precisamente, por su indefensión? Porque cuando se acentúa el carácter definitivo de los trastornos psíquicos que produce el abuso sexual infantil se acentúa inadvertidamente la situación de la víctima como tal. Y la víctima nunca tiene escapatoria.

Las políticas, medidas o acciones de muchxs que dicen enfrentar el sistema siguen tomando como presupuesto visiones de la niñez que poco tienen que ver con los horizontes revolucionarios que lxs animan. Aunque por motivos diferentes que los sectores conservadores, consideran que poner en primera persona la gestión de la autonomía personal tratándose de niñxs y sexualidad equivale a librarlxs a su aciaga suerte. No entienden que la necesidad evidente de implementar medidas eficaces de protección y contención no es incompatible con la postulación de la autonomía personal: la integridad corporal y psíquica es cosa que atañe en primer lugar a lxs mismxs niñxs, de acuerdo a su desarrollo psicofísico. Y entiéndase claramente que no son meras declaraciones de intención o maneras elegantes de eludir las responsabilidades que les caben a lxs adultxs a la hora de proporcionar las condiciones para el ejercicio de esa autonomía. La exigencia de la autodeterminación corporal no es cosa nueva. Lo que es más reciente en términos históricos es la falta de tecnologías de la subjetividad apropiadas para sostener nuestra fragilidad, ya que carecemos de herramientas aptas para repeler, detener o transitar los embates y peligros que esta sociedad engendra. Pero si no enarbolamos esta bandera de la autonomía para todxs, nos seguirán faltando estrategias de supervivencia tanto para aquellxs que están incluidxs de alguna manera en el sistema -la familia, la escuela- como para lxs que permanecen del otro lado: la “minoridad” que habita los tribunales y las calles.

Las herramientas para gestionar la supervivencia a los abusos de todo tipo, los elementos de sostén para empezar a prevenirlos de una vez, todo eso debe construirse junto con la reflexión acerca del funcionamiento y el papel que cumplen no sólo estas sexualidades adultas invasivas que causan conmoción y horror a diario, sino también otras formas de avasallamiento infantil. Sólo así estaremos en condiciones de dar una lucha digna de ese nombre. No se combate al enemigo con las armas del enemigo sin antes aprender a usarlas. Es preferible, sin duda, forjarse armas nuevas. Y eso no será posible sin acción y sin reflexión radical. Porque, ¿qué son las instituciones que nos oprimen sino pensamientos y acciones sedimentadas, fijadas, dadas cono inamovibles, naturalizadas? Nos queda para la próxima una reflexión exhaustiva sobre los límites de la autonomía personal y los parámetros que rigen algunas elecciones sexuales conflictivas y violentas.

De buenas intenciones no se vive. Se requiere de intervenciones lúcidas y reflexivas en la realidad para que algo empiece a cambiar. Si no queremos ser más víctimas fatales del estado de las cosas ni de las cosas del Estado habrá que empezar a pensar colectivamente nuevas formas de resistencia y autodefensa. Pero esto sólo es una opinión, no me anima el deseo de postularme como la voz de una imposible comunidad de sobrevivientes de abuso y violencia infantil: como decía Foucault, “se trata de pistas de investigación, ideas, esquemas, líneas de puntos, instrumentos: hagan con ellos lo que quieran”. Mejor aún, hagamos algo.

1 comentario:

punk luddita dijo...

Veo que no quedaron las citas y referencias de textos. Acá las pego!

Weeks, Jeffrey: Sexualidad. Paidos, México, 1998. Página 15.

Eliacheff, Caroline: Del niño rey al niño víctima. Violencia familiar e institucional. Nueva Visión, Buenos Aires, 2004. Página 25. Cuando incluso desde los gobiernos se busca desarrollar programas desde una perspectiva de desvictimización de las víctimas de la violencia, no hacer el esfuerzo por evitar perpetuar el discurso dominante es decididamente poco responsable. En Argentina el Programa Nacional Las Víctimas contra LaS ViolenciaS, coordinado por Eva Giberti bajo la égida del Gobierno Nacional -pero con un ámbito real de aplicación circunscripto únicamente a la ciudad de Buenos Aires-, desarrolla su actividad sobre el eje de que sean las víctimas quienes alcen su voz: “Hay un Estado frente al que denunciar y reclamar. Hay que entender que esta acción de las víctimas en la denuncia es un reclamo ciudadano”, en palabras de la propia Giberti. No analizaremos aquí las profundas limitaciones de este programa, la mayoría son más que evidentes. http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/las12/13-4709-2009-02-07.html

En otro artículo me referí a ellas como “indignación moral”, lo cual suscitó algunos debates enconados en foros anarquistas. Estas reflexiones son, en parte, producto de ese intercambio. Ver “Abuso, infancia, poder: palabras que hasta ahora me estaban misteriosamente prohibidas” en Revista Periférica, número 2, año 1, octubre/noviembre 2008.

Roudinesco, Elisabeth: Nuestro lado oscuro. Una historia de los perversos. Anagrama, Barcelona, 2009. Pág. 205.

Butler, Judith: Mecanismos psíquicos del poder. Teorías sobre la sujeción. Ediciones Cátedra, Madrid, 1997. Página 18.